La abdicación del Papa y del Barça

Matías Vallés

03.03.2013 | 07:10

El Madrid y Mourinho viven la reconcialiación que sobreviene tras materializarse la ruptura de la pareja

Queda clausurada la semana en que han abdicado los máximos poderes celestial y terrenal, el Papa y el Barça. En ambos casos, por imposición de los Cristianos. La dimisión contrasta con el 98 por ciento de posesión de los barcelonistas en el Bernabéu. Sin embargo, este espejismo estadístico equivale a destacar que Ratzinger obtuvo su mayor audiencia televisiva con motivo de la huida en helicóptero de la Santa Sede.

La primera parte fue un clásico a balón parado, Benzema y compañía serán multados por defecto de velocidad. La alineación madridista demuestra que Mourinho no saca a once jugadores al campo porque lo imponga el reglamento, sino para castigar a los once reservas. Afirmar que el técnico portugués dio descanso equivale a ignorar su animosidad incorregible. En su manual del fútbol no hay amigos y enemigos, sólo enemigos exteriores y enemigos interiores. Es consciente de que el banquillo aniquila a las estrellas más pretenciosas, y lo utiliza como potro de tortura. Ronaldo fue semicongelado para la vuelta a Manchester. Es decir, para cuando sea fichado de nuevo por el club de Old Trafford.

Zampabollos Benzema desmintió a su carcelero portugués con un gol oportunista, y tampoco desaprovechó la oportunidad de fallar todos sus pases. En la otra orilla, cada jugador de Barça se sentía impelido a pegarle una patada a Pepe, como en Asesinato en el Orient Express. El tanto de Messi le provocó una luxación de cadera a Sergio Ramos, que no le impidió cometer un gol y un penalti. El astro argentino remitió el resto de su insípida participación por correo electrónico. Su jugada más inesperada fue un pase a Villa, aunque tal vez lo confundió con otro jugador.

En mi doble papel de experimentador y cobaya, me encanta contemplar dos Madrid-Barça semanales. En cambio, ni atado a la silla soportaré un encuentro entre los otros 18 equipos de la Liga, y no daré nombres. Además, sería injusto destacar que los madridistas alinearon a un sucedáneo, dado que el Barça equilibró la balanza con Alexis. A jugadores así les tildaban antaño de pundonorosos, grave insulto.

Carezco de recursos técnicos para evaluar la abdicación del Barça, por lo que me refugiaré en los indicios psicológicos. Las alabanzas excesivas debilitan las defensas de las víctimas de los halagos. Ante la tozudez de los aduladores, a los barcelonistas no les quedó más remedio que creerse los prodigios que se contaban sobre su juego, y ahora no saben cómo escenificarlos espontáneamente, con Thiago de la manita de Iniesta. Nunca te preguntes cómo haces una cosa, o no podrás repetirla. En cuanto al Madrid y Mourinho, viven la reconciliación que sobreviene cuando se ha materializado la ruptura de una pareja. No seguirán juntos aunque ganen la Champions, pero están en la disposición óptima para lograrla.

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