Alentados por la condena de Alberto Contador, los franceses no paran de hacer chirigotas con los deportistas españoles, a quienes pintan como una banda de adictos a toda suerte de brebajes estimulantes. No deja de resultar curioso, si se tiene en cuenta que los galos de Asterix hacían frente al Imperio Romano gracias a cierta poción mágica que les proporcionaba el druida Panoramix. Ahora caen en la incoherencia de reprocharles esa misma astucia a sus vecinos de la Península.
Parece lógico que la Francia de la "grandeur" se sienta íntimamente ultrajada por los triunfos de los deportistas españoles. Rafa Nadal ha adquirido la costumbre de quedarse con sus copas de Roland Garros y los ciclistas ibéricos le vacían de maillots amarillos el armario del Tour un año tras otro. Poco más hace falta para que los franceses, inventores del concepto de chovinismo, perciban esos éxitos del vecino de abajo como una especie de profanación de su particular Olimpo.
Es natural. Las proezas tenísticas de los franceses se reducen en la actualidad al ramo del textil y tienen por último emblema al cocodrilo que evoca las ya remotas hazañas de René Lacoste, ganador de unos cuantos torneos allá por los años veinte del pasado siglo. Algo parecido sucede con el ciclismo, especialidad en la que hay que remontarse hasta mediados de los ochenta para encontrar en Bernard Hinault al último vencedor francés del Tour: un símbolo nacional copado desde entonces por los españoles y –para mayor escarnio– el norteamericano Lance Armstrong.
Fue precisamente uno de los últimos ases del tenis francés, Yannick Noah, el que meses atrás abrió la polémica al vincular los éxitos de España en el deporte con la ingesta de pócimas casi tan milagrosas como la que da su fuerza a Asterix en los tebeos. La diferencia con el comic reside en que ni Noah ni la suspicaz prensa de Francia creen que lo del dopaje español sea un cuento. El tenista se delata un poco, eso sí, al evocar con nostalgia los tiempos en que los franceses "no hacíamos el ridículo", dice, corriendo como ahora tras los españoles y sin dar pie con bola en el fútbol, el baloncesto o el mismísimo Tour frente a unos celtíberos que en su opinión van sobrados de bebedizos estimulantes. El despecho de Noah llega al extremo de reclamar la legalización del dopaje para que todo el mundo pueda competir así en igualdad de condiciones.
Nada de esto ocurriría, probablemente, si Francia contase con más atletas de primera línea en todos los torneos; o, mejor aún, si los deportistas ibéricos siguieran militando como años atrás en el pelotón de los torpes. No es el caso, sin embargo. Los españoles lucen palmito y palmarés desde hace tiempo en disciplinas tan distintas como el tenis, el golf, la Fórmula I, el motociclismo, el baloncesto y hasta en el fútbol abrasilado de tiki-taka que ahora practican los campeones de Vicente del Bosque.
Tamaña eclosión de músculo y destreza en tan poco tiempo ha suscitado inevitablemente los recelos del vecino de arriba, que estos días aprovecha la sanción a uno de los españoles ganadores del Tour para dar suelta a la chanza y a las analogías con la marmita de Asterix.
La comparación está mal traída, naturalmente. Aún queda por demostrar que lo hayan hecho, pero si algo hubieran ingerido –sin saberlo– los deportistas españoles no sería precisamente la pócima de Panoramix. Más que de ese bebedizo extranjero, habría que sospechar en este caso de la droga –o droja– que unas meretrices le pusieron en el colacao a cierto gallego famoso para quedarse con sus pertenencias mientras dormía. Solo falta identificar a la mano negra que acaso haya usado ahora de esas mismas astucias y engaños con el propósito de empañar –arteramente– el nombre del deporte español. "Cherchez la femme" (Buscad a la mujer), dicen en estos casos los franceses; aunque quién sabe. Igual lo hacen para despistar.
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