El desparpajo con el que Rajoy anunciaba hace poco una huelga general a su homólogo finlandés, casi colgándose ante él una medalla al mérito en el recorte, da la talla de la debilidad de los sindicatos, que por no haber sabido adaptarse al tiempo global ya no son respetados. Es la ley de la selva: el león viejo y desdentado ya no da miedo a las gacelas. El capital, en cambio, ha evolucionado muy deprisa: la antigua respuesta a la huelga obrera, que era el lock out, o cierre empresarial, ya se ha olvidado. Ahora los mercados globales, anónimos e intangibles, le hacen el trabajo sucio al capital. ¿A quién le importa en Londres, Nueva York, Tokio o Pekín una huelga general en España? Una huelga se parece cada vez más a una rogativa contra la sequía. ¿Responder a los flujos de capital, o a sus turbulencias, con piquetes y barricadas? Se han quedado rezagados un siglo, y lo pagaremos todos.