Áspero y Sentimental

Galgos de humo (y VI)

Jose Luis Alvite

 06:30  

No hace tanto tiempo de aquello y sin embargo lo recuerdo como algo boreal y remoto, como si mi vida de entonces en realidad le hubiese ocurrido a otro hombre. Ernie Loquasto se sintió indispuesto al regresar a la ciudad y guarda cama desde entonces. De Lord Milton Archibald me llegaron noticias confusas sobre su reclusión en una lujosa residencia para ancianos en Yorkshire, donde habría languidecido jugando de tarde en tarde al golf, planeando los golpes con los prismáticos del hipódromo, auxiliado por un "caddy" que le escoltase cargando en su carrito con la pala del enterrador. A pesar de haber hecho numerosas gestiones para rastrear su destino, nada pude averiguar del paradero de la joven Lisabet Ashbury. El mozo de banderas del Gran Hotel me remitió a Nueva York un recorte de periódico en el que un reportero inglés de visita en la isla retrataba con tibia pasión británica a "una muchacha elegante y afligida que sonríe con la leve sutura de un punto de dolor, como si le incomodase el peso de su belleza, igual que supongo que sonreiría irónicamente una mujer ansiosa por sobreponerse al imponderable de la felicidad". Se trataba de un reportaje sobre el ambiente balneario de La Toja y su autor lo concluía con un párrafo en el que me pareció ver retratada a Lisabet Ashbury: "Tiene los ojos grandes y la mirada distraída de alguien que solo prestase atención a lo que sucede en el revés de sus párpados. Por lo visto estuvo antes acompañada en el Gran Hotel y ha vuelto porque dice que le trae recuerdos de "aquel verano en el que alguien me enseñó que en las tardes de estío, y con la brisa en calma, cuando de la marea queda apenas varado en la arena el bagazo de la luz del sol, en la bruma que remonta del mar anochecido se rizan como buganvillas las luces de las aldeas". Supuse que la melancólica muchacha de la bajamar y Lisabet Ashbury eran la misma mujer y que habría vuelto al Gran Hotel sin la compañía del Lord Archibald, huérfana del encanto culto y nobiliario de aquel hombre que en el momento de despedirnos, en el confín del verano, cuando ya nunca era domingo, me había dicho que "lo mejor que puede ocurrirle a un hombre con el paso de los años es que recuerde lo hermosa que fue su vida gracias a la suerte, acaso inmerecida, de haber perdido la memoria".
Desde la distancia nada de lo ocurrido aquel verano en el Gran Hotel me parecía un hecho concreto, sino una sucesión de detalles que resultaban más hermosos al emborronarse en la memoria, como decía Lord Milton Archibald que le ocurría "a aquella gente distinguida con clase, que al pasear por Covent Garden con la bruma del Támesis calada hasta la cintura, lo hacían en una actitud de distraída convicción; y aunque caminasen solos, era indudable que lo hacían con el mismo celo que si por debajo de la cintura, entre la bruma, tirase suavemente de sus manos el instinto heráldico, afilado y caminero de un galgo de humo". No recuerdo que Lisabet Ashbury se hubiese despedido de nosotros. Ernie y yo la vimos por última vez sentada en la cafetería blanca y amarilla del Gran Hotel con la mirada vuelta hacia la bajamar, majestuosa y al mismo tiempo abatida, sosteniendo en una mano un abanico plegado, y en la otra, como taquigrafía, la leontina gris del humo de su cigarrillo. Nunca supe muy bien como era de verdad aquella mujer a cuya melena le sentaba como una chicuelina la brisa. Una tarde la vi bajar descalza la escalinata del hotel que se adentraba en el mar y recuerdo el viento aplaudiendo en su falda y cacheando su blusa, mientras ladraban en el pontón las jarcias de los veleros. Aquella imagen fue lo último que supe de Lisabet Ashbury, aquella muchacha que yo creo que era la misma mujer a la que el reportero inglés retrató en su diario con una pincelada por la que aun corre en mi memoria el elegante morse de sus pisadas: "Lo último que recuerdo de ella es que en su sonrisa algo triste se desenlazaba, como saliva de lino, el inteligente y cauteloso aforismo del silencio".
jose.luis.alvite@telefonica.net

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