Así pues, oído lo que ayer expuso el señor presidente Feijóo tras el Consello de la Xunta, no parecen quedar dudas: habrá pulso con los sindicatos, no lo echará en solitario e insistirá en tópicos y verdades a medias para ganar las batallas que le interesa ganar. Que no son todas y que, en caso de verse obligado a optar por una prioridad, será la que se libre para convencer a la opinión pública de la bondad de sus intenciones.
De ahí que don Alberto eligiese la propaganda como arma principal. La derecha en general -y los llamados "liberales" en especial- ha creído poco en la Administración, quizá porque si ésta actúa como debe limita mucho el ejercicio arbitrario del poder, que es lo que más le gusta al que lo tiene. La izquierda se sumó pronto -nada más conseguirlo- a esa visión, y por eso creció tanto el tópico de que la función pública es, sino prescindible, desde luego reducible. Y en ello están.
La estrategia tiene una pega básica: no se entiende del todo que quienes más contribuyeron -para colocar a los suyos- a la hiperinflación ahora prediquen la urgencia de los recortes. Y para disimular emplean verdades a medias: de una parte presumen de eliminar una "Administración paralela" que era sólo un apéndice clientelar -y cuyo personal se integró en la oficial- y de otra hablan de acabar con los supuestos privilegios de la función. Caramba.
El cinismo de actitudes como las de la Xunta lleva a sus portavoces a caer en contradicciones descaradas. Ayer por ejemplo don Alberto Núñez decía que pretendía con sus funcionarios lo que ya se hace en Cataluña, donde las prácticas del president Mas eran vituperadas por el PP hace tres meses, en plena campaña electoral, como modelo de lo que los populares nunca harían. Como lo de subir los impuestos, dicho sea sin pretensión de incordiar.
Frente a todo eso, y como quedó dicho, los sindicatos parecen dispuestos a usar la calle como escenario principal de sus protestas, lo que no hará sino incrementar el malestar de muchos ciudadanos, que se canalizará -con ayuda de la propaganda oficial- contra las movilizaciones y contra la justicia profunda de su causa. Por ello hay ya quien reclama un cambio de táctica y pasar de la huelga a la aplicación estricta y extrema de los reglamentos.
Una táctica así, a la que algunos llaman "japonesa", no parece -al contrario que la otra- prevista por la Xunta del señor Feijóo, y quizá por eso proteja mejor los derechos -amenazados- de los empleados públicos. Sea como fuere, si lo que se pretende al movilizarlos es combatir con eficacia una política retrógrada como la que se practica, sería bueno que las direcciones sindicales reflexionen antes de que la cosa ya no tenga remedio.
(La reflexión debería extenderse al conjunto de la sociedad, porque cuando acabe con los funcionarios, la voraz tijera irá contra otros colectivos.
¿Eh...?)