Más de ochenta inopinados combatientes se han dejado la vida en un estadio de Egipto convertido en campo de batalla por las aficiones de dos equipos que disputaban un mero partido de Liga. No hará falta leer a Von Clausewitz ni profundizar en las teorías del célebre estratega prusiano para advertir que el fútbol, como antes la guerra, es a veces la continuación de la política por otros medios, no siempre menos cruentos.
Las batallas balompédicas han desembocado a veces en guerras de verdad, aunque esto no sea lo corriente. Famosa es la que enfrentó, por ejemplo, a los ejércitos de El Salvador y Honduras en 1969 tras la derrota de la selección hondureña en una eliminatoria previa a los Mundiales del siguiente año. Apenas unos minutos después de que finalizase el partido, Honduras rompió relaciones diplomáticas con su rival y, un par de semanas más tarde, tropas salvadoreñas se adentraron en el territorio del agraviado vecino. Aquella prórroga bélica del partido duró cuatro días: tiempo suficiente para que muriesen más de dos mil personas en el enfrentamiento.
Esta es la excepción, desde luego. Lo habitual es que suceda al revés y el fútbol sustituya ventajosamente a la guerra como método –mucho menos sangriento– para dirimir conflictos internacionales. El honor de las naciones ya no se pone hoy en juego sobre el Campo de Marte, sino más bien sobre el césped de los campos de fútbol donde las selecciones asumen a todos los efectos la representación simbólica de cada país.
Parece natural que así ocurra, si se tiene en cuenta que el fútbol es una módica forma de combate que adopta muchas de las convenciones típicas de la guerra, con la diferencia –a su favor– de que las bajas son considerablemente menores. De hecho, el balompié ha incorporado a su lenguaje la vieja terminología militar, hasta el punto de convertir a los equipos en pequeños ejércitos dirigidos por entrenadores que, a modo de generales, diseñan la estrategia, la táctica y la posición sobre el terreno para que su equipo venza y, a ser posible, aplaste al enemigo. Lógicamente, los centrocampistas se ocupan de montar la ofensiva sobre la portería contraria, mientras la defensa se organiza para prevenir los contraataques del adversario. A los delanteros, por último, se les encomiendan tareas de artillería que, cuando son ejecutadas con éxito, les valen títulos tan donosos como el de "cañoncito pum" que en su día se le adjudicó a Puskas.
El lenguaje, traidora expresión del subconsciente, parece revelar de este modo que los terrenos de juego han sustituido con éxito a los antiguos campos de batalla. No habrá de extrañar, por tanto, que la política, consustancial a la guerra, lo sea también al fútbol. Basta ver la proliferación de banderas, estandartes y demás simbología bélica que adorna los fondos de grada de los estadios para llegar a la fácil deducción de que el fútbol es hoy –como antes la guerra– el refugio natural de los nacionalismos. Ahí están para demostrarlo las banderas gallegas estrelladas que suelen lucir los Celtarras y los Riazor Blues; las ikurriñas de Herri Norte en San Mamés; las patrióticas enseñas cuatribarradas que exhibían los Boixos Nois en el Nou Camp o las rojigualdas –a veces con esvástica incorporada– que ondean briosamente los ultras del Real Madrid. Por no hablar ya de los afamados hooligans británicos, naturalmente.
Eficaz y por lo general incruento sustitutivo de la guerra, el fútbol puede desatar sin embargo conflictos de sangre cuando se mezcla en exceso con la política, como acaba de suceder días atrás en un estadio de Egipto. En casos como este, hay que acudir a la sabia si bien algo redundante máxima de Vujadin Boskov: "Fútbol es fútbol". Serbio de nacionalidad, algo sabía Boskov de balones y balas.
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