Basta un sencillo silogismo para explicarlo. Vigo posee la mejor colección de pintura gallega que existe. Los vigueses están orgullosos con su patrimonio. Luego esa fantástica colección debe permanecer en la ciudad, a la vista de los vigueses y de cuantos quieran contemplarla.
Vayamos a las premisas. Los críticos más cualificados - Carlos Valle, Victoria Carballo-Calero, Luisa Sobrino, Antón Castro- confirman la excelencia de la colección de arte gallego de Caixanova. A la que hay que sumar la de Castrelos.
Coinciden los estudiosos que en Galicia no ha habido una tradición plástica asentada ni ha sido pródiga en talentos pictóricos, a diferencia de otras regiones. Es a partir del segundo tercio del siglo XIX cuando surgen algunos artistas que pueden codearse con los de otros territorios.
Pese a ser un periodo poco considerado, e incluso desdeñado en el pasado, el interés de coleccionistas, de la critica y el público, lo ha revalorizado en las últimas décadas. Hasta el punto de que se fija como el tiempo en que puede hablarse estrictamente de una "pintura gallega".
Aunque especialistas, como Carballo Calero, sitúan el renacer del "arte gallego" en la tercera década del pasado siglo, tras difundirse el manifiesto "Mais alá" del poeta Manuel Antonio y el pintor Alvaro Cebreiro.
Uno de los aciertos de Caixavigo ha sido la compra sistemática de obras de pintores gallegos, hasta formar la excelente colección que hoy apetecen museos y espacios de arte.
Pero no se agota ahí el patrimonio pictórico local. Antes de plantearse el debate sobre el destino de la colección de la caixa, la ciudad ya presumía de arte gallego. El Museo de Castrelos se presenta desde hace décadas como la mejor pinacoteca de pintura autóctona.
En el Pazo Quiñones de Leon, uno de los espacios más hermosos de Galicia, con un jardín botánico que otras poblaciones airearían como incomparable, se exhibe una colección magnífica, ahora repartida con la nueva pinacoteca del pazo urbano Arias Taboada, junto a la Puerta del Sol.
La colección de Caixanova es importante por el número y calidad de piezas, y bajo ningún supuesto puede salir de la ciudad. Días atrás, un comunicante, en carta a un periódico coruñés, argumentaba al respecto que Santiago ya tiene la catedral y el Camino, por el que seguirán llegando visitantes a millares. Y Vigo ha reunido una colección de arte gallego, que no puede deslocalizarse.
El acuerdo plenario del Parlamento de Galicia, que refrenda la viguesidad de la colección de Caixanova, es un respaldo para mantenerla en su territorio original. Aunque la Ciudad de la Cultura sea por su monumentalidad un espacio suntuoso para exponerla, no debe ir a allí. A todo más, en exposiciones temporales.
Pero tampoco puede seguir en los almacenes. El arte es para ser contemplado y gozado. Oculto pierde su sentido.
Esto nos lleva a una reflexión sobre la estructura museística de la ciudad, su idoneidad, características y futuro. En el periodo de austeridad que atravesamos, que exige racionalizar los recursos, una solución es redimensionar el actual conjunto expositivo.
Bienvenido sea, pues, el debate sobre los fondos pictóricos vigueses. He aquí una propuesta.
¿Por qué no convertir a Vigo en el gran Museo de la Pintura Gallega? En tiempos de especialización, de rapidez de las comunicaciones, cuando cada ciudad procura mostrar una oferta diferenciada, porque se valora la diferencia, ¿por qué no apostar por esta opción? Sería la especificidad que distinga a Vigo de todos los demás museos.
Quienes consideren un localismo excesivo centrarse en el arte autóctono, que olviden los complejos: pintores gallegos, del XIX a la actualidad, figuran en museos de todos los continentes, y bien merecen ocupar, como oferta cultural específica, los vigueses.
Más aún, para los turistas y los cientos de miles de pasajeros que llegan anualmente en los cruceros al puerto de Vigo, hallar una oferta propia resulta más atractivo que otra generalista que pueden contemplar en los de sus países.
El MARCO (Museo de Arte Contemporáneo), costoso, indefinido y duplicado con el de Santiago, debería convertirse en el corazón de la gran pinacoteca gallega, en especial de toda la obra contemporánea. Podría mantener las actividades y los talleres, que funcionan bien y tienen usuarios, pero eliminando las carísimas exposiciones que no compensan el esfuerzo y de escasa demanda.
El resto de la colección podría repartirse en los diversos locales de Caixanova, en el Museo del Mar, con temas relacionados, y por el Verbum.
Lo deseable es que vigueses y forasteros, interesados en la plástica, tengan acceso a aquellas piezas más valiosas de Villaamil, Fierros, Souto, de las vanguardias, atlantistas ..., que prestigiarán las salas donde se exhiban.
Conclusión: la colección de Caixanova debe complementar a la de Castrelos, y no puede salir de Vigo, pero tampoco debe permanecer en los sótanos. Como es obvio, las obras más valiosas serían de exposición permanente, y el resto se utilizaría para muestras temporales, ya sean temáticas, generacionales o de vanguardias. Para decidirlo están los especialistas y los profesionales de los museos.
Se trata, en definitiva, de disfrutar del patrimonio artístico vigués, y rentabilizarlo en tiempos de crisis y de necesaria austeridad. Como primera medida, requiere una promoción, ya que como otros ámbitos de esta ciudad, no ha sido vendido convenientemente. ¿Por qué no hacer uno de los atractivos de Vigo su colección inigualable de arte gallego?