Así pues, visto lo visto y asumiendo cuanto de cierto pueda haber en eso del refrán de qué bien está lo que bien acaba, conviene acoger con esperanza el acuerdo que ayer ratificó el Consejo de Novacaixa para crear su Banco. Una esperanza que se basa en algo expuesto hace pocos días –"en esas condiciones de claridad, de transparencia y de compromiso, nadie sensato se opondría a la operación", se dijo– y que permitirá afrontar mejor los enormes retos que aguardan.
La operación, que cierra su primera fase tal y como la lógica económica aconseja –es decir, con el consejo informado y conforme con el quién, el cómo, el cuánto, el cuándo y el por qué– habrá de abordar ahora otras etapas de igual o mayor trascendencia. La primera, a muy corto plazo, para lograr el plácet de la autoridad correspondiente, algo que parece seguro pero que, tratándose de "este" Banco de España, no debería darse por hecho hasta disponer del documento firmado. Que más vale un por si acaso que un quién lo pensara.
La segunda, con un recorrido más largo, estará orientada a ratificar el apoyo de los ciudadanos al nuevo proyecto. Porque conviene no olvidar algo que se ha dicho poco: si ha habido, en el proceso, un elemento constante y positivo ha sido el respaldo de los impositores a sus cajas, cuando fueron dos, y a la resultante final a pesar de las dudas de la fusión. Ellos sí supieron estar a la altura de las circunstancias, apostaron en serio por el país y son por tanto quienes más merecen el éxito de la nueva empresa.
En ese sentido también tiene terreno abonado el nuevo equipo, que recogerá una extraordinaria cosecha si contribuye desde lo financiero a equilibrar el país, a dotar a sus gentes y empresas del crédito imprescindible para remontar el vuelo. En definitiva, también a cerrar heridas abiertas sobre todo por la miopía de algunos para los que sólo cuenta la adhesión incondicional aunque, como ya está ocurriendo, se la presten incluso los que solo acuden enarbolando la bandera cuando termina la batalla y ya se conoce al vencedor.
El NCG Banco, su presidente y directivos, cuentan en esta hora, como también se dijo, con la lealtad de los gallegos sensatos que, cubiertos los trámites que eran necesarios, desean que la cosa vaya bien. Y es que, como elemental reflexión solo los tontos quieren un fracaso que serían los primeros en soportar en sus propias vidas y haciendas. Y este, que pese a las apariencias no es un país de mansos, tampoco lo es de bobos.
¿O no?