El caso de Reganosa (la planta regasificadora que se instaló insensatamente en el interior de la ría de Ferrol, cuando debería estar ubicada fuera de ella por razones de elemental seguridad) es una historia de despropósitos continuos, que parece no tener fin. Conviene recordar algunos de los episodios más significativos porque la memoria de la gente se agota con el último telediario y se pierde la perspectiva. En un principio, estaba proyectada su instalación en la bocana de la ría, junto al puerto exterior, para poner a la población y a la base de la Marina de guerra a resguardo de un accidente, pero la empresa que iba a construirla desistió de ello. Entonces, entró en escena Roberto Tojeiro, un empresario gallego buen amigo del entonces presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga. El señor Tojeiro se dedicaba a otro tipo de negocios, muy distintos del sector energético, pero echó unas cuentas y vio una buena oportunidad de inversión. Por aquel entonces disponía de una concesión administrativa para una empresa suya llamada Forestal del Atlántico en unos terrenos sitos la ribera de Mugardos. La concesión estaba constreñida lógicamente a un negocio maderero, pero gracias a la buena disposición de la Xunta de Galícia pronto se convirtió en la plataforma apta para una planta regasificadora. Por poner un ejemplo, es como si la concesión de un parque de almejas se transformase milagrosamente en una concesión para una fábrica de cañones, pero nadie se extrañó. La Xunta de Fraga se puso a silbar mirando para otro lado, la prensa (en general, y salvo honrosas excepciones), hizo lo mismo, y los partidos de la llamada oposición, socialistas y nacionalistas, otorgaron su conformidad con la boca pequeña excusándose en razones "estratégicas" y "de país", que es lo que dicen siempre los que no tienen una buena explicación a mano para esconder sus claudicaciones. Todas las personas sensatas que se opusieron al proyecto (incluidos almirantes de la Armada y jefes de la Autoridad Portuaria) fueron cesados y sustituidos por personas de buen conformar y firma fácil. Y el despropósito siguió adelante viento en popa.Para facilitar las maniobras, se construyó en un tiempo récord una carretera de acceso a la planta mientras el puerto exterior (una obra del Estado) aún no disponía de la suya. Luego accedió a la Xunta de Galicia el gobierno bipartito, de socialistas y nacionalistas, pero todo siguió igual, porque, al parecer, es misión sacrosanta de los demócratas posfranquistas asumir todas las barbaridades del presente y del pasado, sean estas la Ciudad de la Cultura, el puerto exterior de A Coruña o Reganosa. Ha pasado el tiempo, la regasificadora ya está en activo, y ahora nos hemos enterado de que algunos de los socios, entre los que están las cajas de ahorro, en proceso de fusión, y el Banco Pastor, han acordado vender sus participaciones a una empresa australiana, que conseguiría así la mayoría. La Xunta de Galicia y el grupo Tojeiro se han coaligado para defender la "galleguidad" del accionariado, como si eso fuese un gesto de sublime patriotismo en tiempos de globalización, mientras los socialistas les piden a las cajas que permanezcan en el accionariado para preservar esos pretendidos valores autóctonos. Ya vamos entendiendo lo que significan el Estado y el sector público para la peña ultraliberal que gobierna la Xunta de Galicia y para los sedicentes socialdemócratas que se les oponen. Simplemente, un instrumento eficaz para defender los intereses privados. Imagino que la ayuda no será desinteresada.