Cuentan que el jefe del partido conservador, Mariano Rajoy, se dispone a llevar al Congreso una reforma de la ley para que sea alcalde el candidato más votado al consistorio. Dicho así, parece una obviedad, pero no lo es tanto. De hecho, el actual sistema electoral favorece los pactos entre los grupos menos votados que, por medio del arte pitagórico de birlibirloque, pasan de perdedores a alcaldes y tenientes de alcalde en menos de lo que canta una urna.
Lo que Rajoy propone –si no se le ha entendido mal– es la aplicación de la famosa fórmula americana: “El ganador se lo lleva todo”, aunque no haya obtenido la mayoría absoluta. Trasladado a España, tal método no deja de ofrecer inconvenientes que acaso lo hagan inviable. Poco importa, desde luego, que se elija al alcalde más votado si este no dispone luego de una mayoría de concejales que le garanticen el gobierno efectivo del ayuntamiento. La oposición se limitaría a tumbar con la suma de sus votos cualquier iniciativa del corregidor electo, convirtiéndolo en un mandamás sin mando que quizá no tardaría en tirar la toalla y la vara de alcalde.
Otra cosa sería que Rajoy aplicase a España el francés; es decir, el sistema electoral de “ballotage” que facilita una mejor cocción y puesta a punto de los votos mediante un sistema electoral de vuelta y vuelta.
No habrá que encarecer las muchas ventajas de este procedimiento. Con el método francés se criban candidatos, se depura a aquellos políticos menos confiables y, en definitiva, se afina el voto. Y, por supuesto, el que triunfe en la segunda mano de la partida, disfrutará de una cómoda mayoría para gobernar sin necesidad de pactos.
De la dulce Francia nos ha llegado tradicionalmente casi todo lo bueno: la Revolución Francesa, la Ilustración, el liberalismo, la división de poderes, la buena cocina, el amor al vino, el “francés” en sus diversas acepciones así lingüísticas como eróticas e incluso la fábrica de automóviles que no para de levantarle el PIB a Vigo y a Galicia en general.
Afrancesados como somos por aquí pese a las inevitables pequeñas querellas entre vecinos, bien podríamos agregar a todo lo anterior el sistema galo del “ballotage” que, por otra parte, ya se usa en Uruguay, Brasil, Argentina y más de una decena de países latinoamericanos.
Después de todo, el método viene siendo el equivalente político-electoral de la tortilla española, y nada parece más natural. Sólo la Francia que inventó el concepto de restaurante y elevó la gastronomía al más alto rango de arte gracias al maestro Brillat-Savarin podía idear unas elecciones de vuelta y vuelta para darle su apropiado punto de cocción al gobierno o al alcalde que salga del horno de las urnas. No es improbable que esa doble evaluación de los candidatos nos ahorrase la llegada al poder de ciertos gobernantes a los que les falta aún más de un hervor para ejercer el cargo. Seguro que el amable lector tiene alguno en mente.
A todas esas ventajas hay que agregar aún otra de orden no menor: la que pone en manos de la ciudadanía la elección directa de sus administradores y en consecuencia resta poder a los aparatos caciquiles de los partidos. Un método que acaso fuera especialmente útil en Galicia, país donde el tripartidismo asimétrico imperante tiende a forzar coaliciones similares a las que integrarían el perro y el gato.
No conviene hacerse demasiadas ilusiones, pese a todo. Discreto y pudoroso como parece, Rajoy no está por la labor de traer a España el francés. Lo suyo es más bien una fórmula híbrida que, como antes se explicó, facilitaría la elección directa del alcalde pero no habría de proporcionarle la mayoría suficiente para gobernar. Lástima. A fin de cuentas, la cocina electoral de vuelta y vuelta permitiría a los gallegos ejercer la técnica del acuerdo y el trasacuerdo tan característica de este país. Seguro que el gallego Rajoy acabará por recapacitar.
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