Sonríe, le exige su jefe. Irina lo intenta. Tienes que aprender a sonreír, el cliente quiere ver caras sonrientes. Irina asiente. Tras el mostrador hay que sonreír, pero a ella le cuesta porque no sabe cómo dibujar sonrisas falsas. Su madre se lo metió en la cabeza cuando su cabeza estaba llena de huecos que ocupar: no sonrías si no tienes ganas, no intentes agradar a nadie que no te guste, no malgastes tu gesto más bonito con quien no lo merezca. Esas palabras las hizo suyas y ahora le pasan factura. Está en un país extraño donde ganarse la vida la obliga a perder una parte de sí misma. A ella le gusta sonreír cuando la ocasión lo merece, cuando sus sentimientos están en orden y no hay emociones malsanas que la contaminen, cuando tiene ganas de despertarse para exprimir el día hasta la última gota y dejarse arrastrar por la necesidad de abrir los ojos y mirar, mirar y mirar. Le gusta sonreír cuando se encuentra con alguien que no está al acecho de sus debilidades, alguien que busque lo mejor de ella sin perder el tiempo rascando en sus zonas sombrías. Por eso no recuerda cuándo sonrió por última vez. Cuándo sonrió de verdad, sin forzar los labios a revolverse para transformarlos en una herida abierta, desangrada de tanto latir en vano. Fue antes de salir de su país, desde luego. Mucho antes de que todo se viniera abajo y la ruina aplastara a su familia y calcinara sus sueños: quería ser bailarina, eres un ángel bailando, le decía su padre cuando llegaba de madrugada destrozado por un trabajo que no se atrevía a confesar y la sorprendía bailando entre nubes. La vida (y la muerte sobre todo) la tiró al suelo, y después de un aterrizaje forzoso nadie tiene ganas de sonreír. Aunque se lo exijan.
Sonríe, ordena el jefe en su despacho de colores feos como nubarrones, e Irina lo intenta porque de esa sonrisa depende su sueldo, poder pagar al alquiler y mantener el estómago ocupado. Cierra los ojos y piensa en algo que la haga feliz pero sus labios bailan de tristeza.