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Murdoch sigue al timón

Matías Vallés

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Rupert Murdoch es un editor ultraconservador hasta que se repara en que franqueó la puerta del número 10 de Downing Street al nuevo laborismo de Tony Blair, cuando reorientó los cañones del sensacionalista The Sun. Su etiqueta derechista también queda desleída al recordar que cuenta la corrosiva Los Simpson entre las producciones de la Fox. O que ha cargado sin contemplaciones contra el establishment británico, empezando por la monarquía. Siempre al borde de la quiebra, el periodista –una cualidad nada desdeñable de su labor empresarial– australiano, inglés y norteamericano amontona críticas mientras se le concede a regañadientes que su combatividad es la mejor garantía para la supervivencia de los medios de comunicación de masas. Se recupera así el famoso eslogan según el cual "se necesita a un Stalin para derrotar a Hitler", donde las víctimas inmoladas serían los ejecutivos y directores que Murdoch se desayuna cuando no le complacen los derroteros que toman sus publicaciones.
Murdoch sigue al timón. Su penúltimo zarpazo fue la compra del Wall Street Journal, tan insultante para los norteamericanos como si lo hubiera adquirido Kim Jong-il. Supo explotar las disensiones familiares en el rotativo económico, y suspira por repetir la estratagema con los herederos de la dinastía Sulzberger, propietaria del New York Times. La conquista del bastión neoyorquino culminaría la carrera del editor. La hipotética operación ha sido descartada por los asediados y censurada por los defensores de la prensa de calidad. Una vez más, el nativo australiano sería un empresario amarillo que muestra un notable apego por las cabeceras de lustre, empezando por el Times londinense.
De hecho, Murdoch colocó al frente del Journal a Robert Thomson, antiguo director del Times británico que se caracteriza por sus declaraciones irreverentes. Bajo su mando, el epicentro de la prensa económica se ha hecho un periódico tremendamente activo y atractivo. Irreprochable en la información y furibundo en la opinión, parece editado por los halcones israelíes y tiene en Obama a su diana favorita. El editor utiliza sus resultados como una prueba del acceso previo pago a la información de internet. El New York Times mantiene una actitud titubeante al respecto. En el momento en que se escribe este artículo, la página nytimes.com exige el registro de los lectores que quieran acceder gratuitamente a las piezas del diario neoyorquino. Este requisito aparece y se esfuma periódicamente.
Es más fácil identificar a Murdoch por su marca que por su ideología, y la primera viene acuñada en el término infotainment, que alcanzó un notable éxito para definir la fusión de información y de espectáculo o entertainment que caracteriza a sus productos, con independencia de su matriz y de sus destinatarios. Sin embargo, antes de denigrar su igualación a la baja de los contenidos periodísticos, convendría recordar que el currículum reciente del New York Times desmerece de su leyenda. Acaparó premios Pulitzer por su cobertura del 11-S, pero se dejó embargar por la oleada patriótica que desencadenó la caída de las Torres. Sacrificó su independencia en los prolegómenos de la guerra de Irak, inundando sus páginas de revelaciones sobre armas de destrucción masiva filtradas por el vicepresidente Cheney. Con posterioridad, se vería obligado a demandar públicamente perdón a sus lectores. En fin, apoyó a Hillary Clinton como candidata Demócrata a la Casa Blanca.
El "Times" se ve lastrado por la sensación de que su editor Arthur Ochs Sulzberger –conocido como Pinch– no ha alcanzado la dimensión mítica de su padre –Punch–. Frente a la aristocracia de la Costa Este norteamericana, Murdoch se presenta como un buhonero de contados escrúpulos y personalidad pintoresca. Su declaración de que "al fin y al cabo estamos en el negocio del espectáculo" sería anatema en el rotativo neoyorquino, aunque la tozuda realidad se ha puesto de lado del australiano. El New York Times pelea por la información al borde de lo quijotesco, manteniendo la última delegación occidental en Bagdad con un coste anual de millones de euros. Los Sulzberger, contaminados por los dólares del titán mexicano Slim, dirimen el peso de las cabeceras en el futuro del periodismo con el editor de Titanic, la película.

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