La alpinista coreana Oh Eun-Sun ha perdido el récord como primera mujer capaz de ascender a las catorce cumbres de más de 8.000 metros que existen en el planeta. La federación surcoreana de alpinismo ha decidido por unanimidad que no existen pruebas suficientes de que hubiese hecho cumbre en el Kanchenjunga y, por tanto, es Edurne Oasaban, compatriota nuestra la que se hace con la gloria. Pero el episodio sorprende y confunde. ¿Pruebas? ¿Qué pruebas hacen falta para dar por buena la coronación de una cima? Con la palabra debería bastar.
Werner Herzog se convirtió en 1950, junto con Louis Lachenal, en la primera persona –occidental, al menos– que subió un ocho mil. Conserva los galones de aquella hazaña: la amputación de todos los dedos de las manos y los pies. Pero nadie, que yo recuerde, le solicitó fotografías, mapas del recorrido ni testimonios de terceras personas que pudieran certificar la conquista del Annapurna. ¿Quién en su sano juicio podría creer que se lo había inventado? La palabra de honor ha sido hasta nuestros días la mejor fuente de convicción que cupiese exigir para una hazaña semejante; se trataba de un certificado indiscutible que valía para el alpinismo y para cualquier otro reto que se lleve a cabo en soledad –como el de la vuelta al mundo en solitario a bordo de un velero. ¿Qué nos ha sucedido para que ahora no sólo se exija otro tipo de pruebas sino que, encima, se dude de quien las aporta para demostrar su afirmación de que ha llegado a una cima?
Tal vez lo que hemos perdido no es el honor de la palabra sino la honra misma. El sentido de lo que es el pulso entre un ser humano y la naturaleza extrema. El alpinismo nunca fue materia de records, competiciones, trofeos y aplausos mediáticos. Era un reto que alguien aceptaba y llevaba a cabo porque sí, por la simple razón de que, como dijo Hillary, la montaña está ahí delante. Cuando Bernard Moitessier dio su primera vuelta al mundo sin escalas lo hizo participando en una regata, cierto es. Pero cuando tenía ganada ya la prueba decidió cambiar de rumbo, poner popa a la meta y dar un segundo paseo por los océanos. ¿La razón? No quería tener que agradecerle nada a nadie.
El alpinismo se ha vuelto otra cosa. Comenzó la caída en picado bajo el lema del más difícil –todos los ocho miles; los mismos sin oxígeno; igual, pero por la cara complicada– y es hoy un circo que comparte páginas con las fiestas en las revistas del corazón. A la vela le ha sucedido tres cuartas partes de lo mismo. Y, como tiro de gracia, aparece la tentación del gran negocio.
La palabra de honor no sirve ya porque el honor se quedó enterrado por el camino. Habrá quien suba al K2 con una mano atada al pie, o de espaldas, o recitando la lista de los números primos, qué sé yo. Pero lo que no se podrá lograr jamás es que la palabra signifique lo que significó en tiempos. Si alguien cree que eso es un paso adelante, haría bien en explicárnoslo.