Tras hurgar a fondo en el secreto de los agujeros negros, la gravitación cuántica y demás enigmas del cosmos, el astrofísico Stephen Hawking ha llegado a la conclusión de que Dios no existe, aunque sí los extraterrestres. El sabio británico considera que el universo se creó a sí mismo sin el auxilio superfluo de la divinidad y esa, más o menos, es la tesis del ensayo que publicará en coincidencia con la visita del Papa al Reino Unido. Igual son ganas de chinchar al bueno de Benedicto.
Algo de esto último podría ocurrir si se tiene en cuenta que Hawking, una inteligencia formidable prisionera de un cuerpo inerte, ha dado a menudo muestras de su fino sentido del humor. Hace apenas unos meses, por ejemplo, se declaró convencido de la existencia de alienígenas por esas galaxias de Dios (o de quien sea), a la vez que aconsejaba a los terrícolas no darles palique en caso de que se topasen con alguno de ellos. Explicaba Hawking que los extraterrestres podrían llegar a la Tierra con propósitos no muy distintos a los que llevaron a Colón a descubrir América. Y, visto lo que les pasó a los indígenas del Nuevo Mundo, más vale no darles demasiadas confianzas a los marcianos.
De ser exactas las conjeturas del físico y cosmólogo, no quedaría sino deducir que la película "E.T." tiene más base real que la Biblia o cualquier otro de los libros religiosos que pregonan a Dios. No es seguro que los alienígenas sean cabezones y de cuerpo achaparrado como el personaje de Spielberg, pero si el docto e ilustremente escéptico Hawking dice que existen, habrá que considerar al menos esa posibilidad. La otra en la que alude a la inexistencia de un Ser Supremo ya es cuestión para el debate entre teólogos, científicos y doctores que sin duda seguirán discutiendo sobre tan delicado asunto dentro de un siglo.
Como quiera que sea, vivimos días de grandes revelaciones y prodigios en estos albores del tercer milenio. Si Hawking sorprende con su discurso sobre Dios y los selenitas, no ha de resultar menos chocante la resurrección del comandante Fidel Castro que ayer no más salió del sarcófago convertido en un hombre nuevo. Verdad es que vestía uniforme verde olivo como antes de su errónea defunción, pero no lo es menos que estos cuatro años de moribundia han obrado grandes transformaciones en el líder de la revolución cubana.
Arrumbadas sus viejas querellas domésticas con el Imperio, Castro se aparece ahora en carne más o menos mortal a las multitudes bajo la nueva imagen de un profeta. El peligro ya no son –o no sólo-- los imperialistas yanquis, sino la guerra nuclear que a su juicio va a desatarse de manera inminente y, a más largo plazo, la agonía que se cierne sobre el planeta como consecuencia del calentamiento global de la atmósfera.
Cuando menos en la parte que toca al riesgo de guerra atómica, es justo admitir que Fidel habla con conocimiento de causa. Fue él, después de todo, quien puso al mundo en el trance de ser devastado por una catástrofe nuclear durante la crisis de los misiles de los años sesenta, cuando su terquedad forzó un temerario mano a mano de cohetes entre el soviético Kruschev y el americano Kennedy.
Habrá quien encuentre algo chocante, en cambio, la repentina adhesión del dictador cubano en excedencia a la causa del cambio climático acaudillada por Al Gore. Nunca fue el ecologismo una preocupación destacada entre los líderes del comunismo pata negra, pero ya se sabe que las ánimas venidas del Más Allá –y tal es el caso de Fidel Castro- tienden a comportarse de manera impredecible.
Tal vez el resucitado Fidel pudiera ilustrar a Hawking sobre lo que hay o no hay al otro lado de la puerta que todos cruzaremos algún día. Celoso de ese secreto, el líder cubano transmutado en profeta parece estar más por la labor de advertir al mundo sobre la llegada del apocalipsis nuclear y climático. Entre eso y los extraterrestres de Hawking, ya no sabe uno donde meterse.