Ufano como de costumbre, el presidente Zapatero ha aprovechado su primera salida al Extremo Oriente para presumir de Copa del Mundo en China y asombrar a los japoneses con la idea –sin duda original– de que Japón y España son dos economías "de éxito". Las dos a la par y con un par.
Podría parecer que el primer ministro exagera y hasta fanfarronea un poco, pero lo cierto es que razones no le faltan para establecer esa comparación entre las dos potencias. Si Japón hizo prodigios con los transistores, los coches, la maquinaria pesada y las motos de mucho cilindro, también España obró su particular milagro económico sin más materiales que el cemento, el ladrillo y la arena. Usando esos escuetos ingredientes, los constructores lograron que se disparase el PIB español durante la década prodigiosa de la vivienda en la que alicataron hasta el techo las costas del país.
Cierto es que el castillo de naipes de los pisos se ha venido abajo de golpe y dejó esto lleno de parados sin fábricas en las que recolocarse; pero tampoco es cuestión de entrar en detalles accesorios. Importa más saber que España comparte con el antiguo imperio del sol naciente una historia de éxito, según proclamó muy atinadamente Zapatero ante los acaso perplejos empresarios nipones.
Sorprende un poco, eso sí, que el presidente del Gobierno no haya hecho alusión en esta su primera visita a las tradicionales –si bien ignoradas– relaciones de amistad y comercio que unen a gallegos y japoneses. Lástima, porque esa bien podría ser la base de un mejor entendimiento entre dos Estados a los que además une su condición de exitosas potencias económicas.
Probablemente los asesores de Zapatero ignorasen los vínculos que desde hace años vienen estableciendo, a partir de sus muchas afinidades, los habitantes del remoto Japón y los vecinos de Galicia. De lo contrario, ya sabrían que los dos pueblos se han hermanado por la feliz vía gastronómica del pulpo, ese monstruo marino que extiende sus tentáculos desde el país donde nace el sol a la Fisterra gallega del Poniente.
Mucho antes de que el pulpo Paul hiciera famosa a la especie con sus dotes adivinatorias, la embajada nipona en España había buscado ya en Galicia un pueblo con el que hermanar a su isla de Akamusa, notable por su devoción a este cefalópodo. Ignora uno si los japoneses encontraron finalmente a su alter ego galaico en la Feira do Carballiño, como aconseja la lógica; pero lo cierto es que ahí nació una relación que luego se ensancharía con otras fraternidades. Por ejemplo, la del Camino de Santiago y el Kumano Kaido nipón: una ruta de peregrinaje que, salvadas las irrelevantes distancias geográficas y religiosas, recuerda extraordinariamente a la jacobea.
Más allá de esas curiosidades, es la afición al mar y a su población subacuática lo que realmente asemeja a los ex súbditos de Don Manuel con los del emperador Akihito. Al margen de los ojos rasgados que constituyen, por así decirlo, su marca étnica, alguna rareza deben de compartir los nipones con los gallegos si se tiene en cuenta la extremada devoción que tanto los unos como los otros profesan a la fauna marina. Ahí están para probarlo las bacanales a la mayor gloria del pulpo que imparcialmente se celebran cada año en Akamusa y O Carballiño. Tanto, que ese bicho al que Julio Verne dio connotaciones fantásticas se ha convertido en el nexo tentacular de unión entre el Extremo Oriente y estas tierras igualmente extremadas de los confines de Occidente.
Fuese por ignorancia o por desdén a las cuestiones de mero alcance autonómico, Zapatero no ha querido valerse de las buenas relaciones galaico-niponas para estrechar con la fuerza de un pulpo los lazos entre dos potencias de tanto éxito y poderío como Japón y España. Se conoce que va sobrado o que nunca estuvo en O Carballiño. Ni en Akamusa.
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