En el Noroeste del país, donde yo resido, hizo un calor cubano, húmedo y pegajoso, para despedir agosto. El último día del mes, la temperatura ya era de tormenta, el sol picaba, y la mar estaba en calma y sin viento. Que no sople el viento en esta zona del mundo, donde el aire juega a dar vueltas sin parar sobre las esquinas del mapa (Donde da la vuelta el aire tituló Torrente Ballester una de su novelas), es una novedad inquietante. Hasta las gaviotas estaban posadas sobre el agua como si fueran una bandada de patos durmiendo la siesta. El hecho de que las gaviotas, tan abundantes y molestas, no vuelen y no chillen es un síntoma de mal agüero. Sin viento, las gaviotas y los barcos de vela se quedan atrapados en la encalmada con la lona y las plumas flojas y decaídas. Alguien que observó el fenómeno me dice que esto es una evidencia del cambio climático. Ojalá el cambio climático fuera esto, un rico calor cubano, húmedo y pegajoso, durante casi todo el año y unas gaviotas calladas mojando el culo en el agua. (Como los habitantes de Gijón, a los que, en Asturias, por su afición a la playa les llaman los del "culo mollao"). En esta ciudad, que tiene una clara vocación tropical, esa posibilidad de una transmutación meteorológica sería contemplada con entusiasmo. Las palmeras que adornan las avenidas ganarían en personalidad, los edificios de estilo balneario de principios del siglo pasado, lo mismo, y a los paseantes por el malecón se les pondría en la cadera un ritmo cadencioso y más pausado, y hasta ganas de agitar las maracas. El clima condiciona muchísimo la personalidad y la forma de vida de la gente. Asomado a la ventana de mi casa esperando oír los lejanos tambores de la tormenta, me sentí como un escritor cubano sin proyecto de novela ni puñeteras ganas de atender compromisos editoriales. No hay mayor gozo en el mundo que la pereza contemplativa y el dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Al poco, un rayo rasgó la bruma gris que envolvía el paisaje, retumbó a lo lejos un trueno, y cayeron unas gruesas gotas de lluvia. Pocas, porque la desgana atmosférica era total, pero suficientes para que la gente echara a correr y los árboles estirasen la punta de las ramas en busca de algo de frescura. Luego, camino de la anochecida ("contra a noite" se dice hermosamente en gallego) todo volvió a tender hacia la inmovilidad y el sosiego, incluida la columna de mercurio de los viejos termómetros. Favorecidas por la buena temperatura, las terrazas de bares y restaurantes se llenaron de turistas ávidos de consumir marisco gallego traído de Francia, o de Escocia, para la ocasión. Pero, todo esto (el calor cubano, húmedo y pegajoso, y el marisco gallego de piscifactorías exóticas) son espejismos momentáneos y pasajeros. Engaños de los sentidos. Cuando septiembre (que es uno de los meses más bonitos del año) avance un poco, volverán los días claros y las noches un poco más frescas. La luz será más ligera, el aire más fino, y los contornos de las cosas más definidos y mejor dibujados. Entonces, será cuestión de empezar a pensar si en octubre hay que programar algún viaje hacia el sur. Como hacen, sabia y libremente, los pájaros.