"Todo está iluminado por el pasado. Siempre está cerca de nosotros". Eso decía al final de la película uno de los protagonistas de "Todo está iluminado", de Liev Schreiber. Es cierto, aunque tampoco sea falso lo que la cantante Nacha Guevara aseguraba el otro día en Vigo: "Para vivir mucho tiempo hacen falta dos requisitos: salud y mala memoria". Ambas cosas son compatibles. Creo como el Alexander Perchov de la cinta que el pasado siempre está a nuestro lado, dentro, mirando hacia afuera. Al tiempo, muchos no tenemos más que una memoria fragmentada de nosotros mismos, en la que todo se entremezcla sin pudor alguno cuando no desaparece hasta que un azar lo levanta de su sueño hibernado. A mí me toca enterarme de mi ayer por otros y hasta la duda me suscitan, cuando me cuentan anécdotas supuestamente vividas, de si hablan de un personaje de ficción o es que yo he sido ese tipo no siempre aconsejable del que hablan.
Esa escasa memoria biográfica me ha permitido tirar para adelante y, en cualquier caso, prefiero no atender su llamada aunque toque ya con sus nudillos en la puerta disfrazada de añoranza. La memoria ilumina en silencio, siempre está a la sombra pero es también un mecanismo de compensación, un recurso de supervivencia emocional cuando estamos anémicos de presente. Todos tenemos amigos que, en la medida en que los años pasan, van conjugando sus verbos en pasado como si su mirada atrás hasta los territorios soñados de la infancia se fuera haciendo bálsamo para un presente herido por la atribulación, el vacío, la nada. La memoria es fuente de aprendizaje, pilar de la neurociencia cognitiva y hasta, cuando es colectiva, músculo que da identidad a un pueblo aunque algunos quieran desarrollarlo tanto en su ánimo identitario que parece que tengamos que defendernos del pasado. Pero en lo personal, sospecha cuando el retrovisor ocupa tu vida.
No hay memoria sino memorias y cada cual tiene la suya, aún de la misma cosa. El recuerdo nunca es inocente, es una manera de intervenir en nuestras representaciones del pasado. Yo vengo de estar, por ejemplo, con una gente que trabaja en Vigo por resucitar un pasado común organizando el Certame Canción dos Nosos Barrios, cuya tercera edición se desarrollará entre el 3 y el 6 de agosto. Han demostrado que un grupo de amigos unidos por el fútbol, las rondas y canciones en los bares es capaz de organizar un festival que se hace masivo en su asistencia y rico en calidad cantoral. Su tarea consiste en recuperar aquel movimiento que hubo en Vigo, salido de los barrios de Teis, Lavadores, Bouzas... que hacía del canto tabernario un modo de encuentro de las clases populares como alternativa a las charlas de casino de los más pudientes. Los bares siempre han sido el casino del pueblo y en ellos se han cantado habaneras, boleros, canción tradicional gallega.... como harán en este certamen en el que 18 grupos representarán a la mayoría de los barrios vigueses. ¿Por qué ya no se canta en ellos, más que en sus centros culturales ¿ En el barrio viejo vigués, por ejemplo, se oían cuando nuestros padres muchas canciones que salían de los bares pero ahora nada hay que lo recuerde siquiera. Cualquier vecino de San Roque tiene grabado en su retina a sus mayores sacando unas sillas a las puertas de sus casas, antes de que la televisión los succionara hacia la salita de estar para convertirlos en zombis. Dentro de unos días, por el contrario, en San Roque estarán los Amigos de Lavadores, los Etiqueta Negra del barrio de Ribadavia, Os de Cabaleiro del Calvario, los Vellos Ventos de Bouzas, los Ecos do Racimo de San Roque, Los Bohemios de Coia, Los Olívicos de Teis... y así hasta 18 formaciones cuyas costumbres cantorales ayudan a recuperar los valores de la colaboración y la amistad que antes del individualismo eran características de sus barriadas.
La memoria es selectiva y a veces malvada. Tengo un amigo que hace tiempo que no veo y que se ha hecho presente en mi memoria porque el miércoles presenta su libro "Caney. breve historia de la cocina" en el hotel Araguaney de Santiago. Con Xurxo Fernández, si recuerdo, tengo memoria común de muchos días (mejor noches) buenas, de su culta y rica personalidad, de su intensividad vital... pero lo que más viene a mi mente es aquella tajada gloriosa que le asistí, con fregona incluida, en mi propia casa. Ya digo, la memoria es a veces muy cabrona.