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Áspero y sentimental

Cepillo de dientes

José Luis Alvite

 07:53  
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Es frecuente que muchas personas condenen aquellas conductas que son incapaces de adoptar, bien porque no se lo permita su conciencia, por la razón de que no se vieron en el dilema de elegir, o, sencillamente, porque hay vicios y pecados que además de amoralidad o insensatez requieren preparación física o cuestan dinero. Yo he llevado una vida relajada, a veces incluso indecente, gracias a haber relativizado a tiempo mi sentido moral de la existencia. Ahora ya no soy el que era, lo que no significa que moralmente me haya reformado, sino porque hay locuras que, aun tolerándomelas la conciencia, no dudaría en reprochármelas la Guardia Civil de Tráfico, como cuando al final de una larga noche de copas viajaba en coche hasta Portonovo y desayunaba una abundante "caldeirada" de raya en cualquiera de los concurridos bares del puerto. Jamás tuve remordimientos por aquello, pero he de reconocer que a esa permisividad moral me ayudaba mucho la facilidad con la que hacía las digestiones. Podía ocurrir que me excediese en las copas y me pasase en el desayuno con la dichosa ración de raya, pero, ¡qué demonios!, ya entonces sabía que cualquier reproche que me hiciese la conciencia podría reducirlo con un poco de agua y una cucharadita de bicarbonato. Dios siempre me he quedado más a contramano que las farmacias.
Hay ocasiones en las que incluso los recursos espirituales se ponen al servicio de las necesidades alimenticias, como le ocurrió a una amiga mía alicantina que estando de viaje en Florencia se quedó sin dinero y alivió el hambre con la sabia decisión de comulgar dos o tres veces al día. Como ella me lo contó, me consta que hizo aquello con una perfecta combinación de recogimiento y apetito, acaso solo temerosa de que por haber sido momentáneamente amoral Dios le repitiese en la boca al eructar. Es obvio que el Dios espiritual no excluye al Dios alimenticio, así que en momentos de apuro puede resultar legítimo considerar la comunión a la altura dietética y moral del menú del día. Esto me recuerda algo que me dijo de madrugada una fulana y que ilustra la facilidad con la en determinadas circunstancias los seres humanos sabemos separar el espíritu del aparato digestivo. Me dijo: "Rezo con la misma boca con la que me gano el dinero en este club de carretera. El sexo y la fe son necesidades distintas. Mi conciencia no tiene labios, de manera que lo que hago por la noche con la boca solo le incumbe a mi estómago y a mi dentista. Sólo cuando empezaba en este oficio recuerdo haber pasado algún apuro en el momento de condesarme. No era que me agobiase la idea de haber hecho algo indecente, cielo; lo que me jodía era que el cura no averiguase mis pecados por mi confesión, sino por mis eructos".
Aunque con habilidades distintas, igual que aquella fulana lo hizo en el burdel, yo me he ganado también la vida trabajando con la boca. Ella, en el catre; yo, en la radio. Ambos perseguíamos como fin la supervivencia. Y cada vez que me tomaba de madrugada las copas con ella en el club de carretera nos contábamos como si tal cosa lo que habían dado de si nuestros labios. Lo hacíamos con absoluta naturalidad y en un plano de evidente igualdad moral. Una vez al mes ella se tomaba unos días de descanso por culpa de la regla, igual que yo a veces me ausentaba del programa de radio en el que estaba contratado. Y entonces nos permitíamos varias rondas de copas como si solo fuésemos amigos, quién sabe si incluso colegas, con la única diferencia de que ella mascaba chicle para que no la delatase la menstruación por el aliento y yo encendía pitillos para que mi tos de fumador pareciese una elegante y radiofónica pausa enfática.
Así es la vida si se sabe prescindir de prejuicios morales. Yo lo que hago en la radio con la boca es una columna de opinión; ella, en cambio, a lo que hace en su locutorio de la carretera le llama "un francés". A mí me parece muy bien que cada cual salga adelante como buenamente pueda. No soy quien para reprocharle a nadie su conducta. Aquella fulana no era en absoluto mejor ni peor que yo. Fui su cliente, su amante y también su amigo. Y puedo asegurarte, muchacho, que al despertar y levantarnos al baño, la única diferencia entre su conciencia y la mía era el cepillo de dientes.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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