Aquella noche se acostó con la muerte o tal vez se le apareció entre sueños y, engañado, se lo llevó con ella, sueño adelante y sin retorno. Muerto lo hallaron en aquella pensión, remedo vago del hogar donde al final vivía.
Han pasado los años. En la memoria, su rostro juvenil, invariable y su horizonte pletórico de sueños, vividos entonces como una verdad pendiente. Le recuerdo en aquella mañana de verano, jóvenes, tendidos a la luz de agosto en los sillones de mimbre del casino: –"Quiero ir a Madrid y matricularme en la Escuela de Arte Dramático", me dijo. Tiempo después le vi en Santiago cursando –tradición familiar– la carrera que no quería y que tal vez nunca acabó. Entre aquella imagen y la noticia de su muerte pasaron muchos años, casi su vida entera.
De él me quedan retazos de una memoria en blanco y negro –Kodak 36 exposiciones, retina de una Minolta–, momentos fugaces que son ahora mosaico inconexo, testimonio arbitrario del pasado.
Ambos, por caminos distintos, nos fuimos a vivir fuera de Galicia. Las noticias sobre él, instantáneas de una existencia bohemia, me llegaban siempre lejanas, casi nunca alentadoras. Volvió para instalarse en Vigo, supe de su estancia y trabajo en nuestra ciudad de mano de un buen amigo común. Inquieto e inconforme, inconstante tal vez, se fue poco antes de llegar yo de vuelta a Galicia, y en ese cruce de caminos no fue posible el reencuentro.
Al parecer, no había abandonado aquel deseo de ser actor, el sueño de su vida, el que inesperadamente me reveló aquella mañana de agosto. Me cuentan que aún en la madurez rondaba los estudios de televisión a la busca y espera de una oportunidad, un hueco, si acaso como mero figurante, decorado humano en alguna serie. No había renunciado al punto de partida.
Cuántas oportunidades en su vida habrán pasado de largo sin acudirle, cuántas desaparecidas para siempre tras el filo de un horizonte que todo lo devora, como el tiempo. Es la vida a veces naufragio amargo de sueños. Somos, al final, el pecio de algún sueño secretamente cultivado y secretamente naufragado que dormita en el fondo abismal de la conciencia. Decía Unamuno, en un desconsolado soneto, que la vida avanza y se defiende soñando, pero será la lumbre crepuscular la que nos revele que "toda vida a la postre es un fracaso".
Cansado de bracear en un océano incierto, espeso y sin orillas, apareció sin vida en aquel recóndito arenal urbano de su último hospedaje.
El telón final cayó antes de que pudiera salir a escena. Aquella noche lo hizo de entre los bastidores del sueño de la vida al escenario real de la muerte para recitar, desde el proscenio, el monólogo del silencio eterno. Pero su voz me sigue hablando como aquella mañana en la que la clara luz de agosto atrapó para siempre nuestra juventud. Entonces, aún estábamos en tierra firme.