Ahora mismo, a la vista de lo que sucede -que se manifiesta a través de lo que podría llamarse "teoría oficial de la culpabilidad"- parece cada día más evidente que hay crisis para rato. Y no solo por los datos, que sostienen por sí solos la afirmación, sino por la actitud de quienes desde la obligación de hacer algo para ayudar a sus gobernados, se limitan a culpar sistemáticamente al vecino de los males colectivos.
Y no se trata de redactar epístolas morales, ni de filosofar, que no están los tiempos para eso: solo de reflexionar acerca de cuán necesario sería que se cumpliese la demanda que otra sociedad en crisis reclamaba a gritos en las calles. Aquello, que después se convirtió casi en un cantar de ciego, de "la imaginación al poder": si no como remedio, al menos como consuelo.
Queda dicho lo del endoso sistemático que los gobiernos hacen a otros de sus problemas principales. La cosa empezó cuando el mundo dijo que los Lehman Brothers, brujos de las finanzas hasta entonces desconocidos para la gente corriente, habían provocado un huracán de efectos imprevisibles y, a partir de ahí, todos tuvieron su excusa. En términos de España y de Galicia también, claro.
Quien lo dude puede echar un vistazo a los argumentos de Moncloa o de Raxoi. Allá, el señor Zapatero está a punto de agotar el catálogo de lamentos que, como los amores de Tenorio, recorre toda la escala. Ha culpado a Bush, al FMI y a la OCDE y cuanto se le agotaron las siglas pasó a los operadores financieros, los mercados -así, sí- y por supuesto, "a la derecha", cuya política aplica ahora con notable diligencia.
Aquí, en Galicia, don Alberto Núñez aplica el mismo modelo, pero a escala. Insiste en que todos los males del país surgen de la falta de dinero, y ésta es consecuencia de una política intencionada de Madrid para fastidiar a los gallegos. Como evidencia no tiene, maneja como causa probable el hecho de que la mayoría ha votado PP y no PSOE: no lo dijo aún, pero le anda cerca.
Es posible -hay encuestas que lo apuntan- que semejantes razones funcionen, pero no parece que el efecto sea duradero. Tarde o temprano, la sociedad se preguntará para qué apoyó a quienes prometieron resolver problemas y ahora dicen que no pueden porque el de al lado, que los creó, no se lo permite. Vaya panorama.
El riesgo, creciente, consiste en que el votante se harte y acabe por mandarlos a a todos a hacer puñetas. Lo que no sería solución, pero ésa es otra.
¿O no...?