Esta columna la escribo sin inspiración. Le he dado vueltas en la cabeza a unos cuantos temas y ninguno me convence, de modo que me limito a constatar que en esta ocasión me he quedado sin recursos, como un carpintero que se encontrase ardida la madera con la que pensaba hacer la silla en la que sentarse luego a descansar. Puede que a medida que surgen las palabras sea capaz de hilvanar alguna idea interesante, aunque supongo que eso sería tan absurdo como que el mago esperase a que de manera excepcional le hiciese sus trucos la paloma. Conocí en el cabaret "Xiro" a un ilusionista que en su decadencia necesitaba que el público le echase una mano para sacar adelante cualquiera de sus números cada vez que se atascaba. Consciente de que aquello se había convertido en una peligrosa rutina, una noche al acabar su actuación se tomó de madrugada unas copas conmigo en la barra de alterne y me dijo: "Aunque me joda reconocerlo, he tenido que convertir mi poca memoria en mi mayor atractivo. A la gente le divierte mi fracaso. Eso me produce una amarga sensación de inutilidad. Y un amargo dolor. El público es capaz de reír porque le parezca que el tipo con cáncer de laringe imita al Pato Donald. Sé que el final de mi carrera está cerca. ¿Sabes?, anoche el empresario me llamó a su oficina y me dijo que por el bien de todos sería conveniente que acortase mi estancia aquí. Me supo mal, pero he de admitir que tiene razón. El día menos pensado la paloma que hay dentro de la chistera se me comerá las manos, amigo, y necesitaré ayuda para mear. En realidad creo que gracias a que el empresario de la sala es un tipo muy humano, esta noche al menos me saldrá bien por enésima vez el viejo truco de cobrar".
Hay muchos factores que influyen en que en un momento dado te falle la inspiración. Descontado que se trate de un tumor cerebral, puede ocurrir que ningún tema te parezca relevante. O que no encuentres las palabras con las que contar algo que en principio resultaba atractivo. Personalmente me influye negativamente el calor meteorológico acumulado de todos estos días. Tennessee Williams y Arthur Miller escribían tórridos textos rebosantes de pasión y humedad que le demostraron al mundo hasta qué punto están los fluidos del alma humana conectados al mercurio del termómetro. Era así como reflejaban la angustia existencial de sus personajes, por lo general hombres y mujeres con los sobacos escocidos, cautivos de un fracaso existencial irremisible que ellos convertían en violencia y ellas aliviaban remojando la cara con el agua salival del abrevadero de las yeguas, ansiosas de amor, furiosas de sexo, vestidas apenas con una combinación que parecía planchada con orina. Quienes hayan visto "Cayo Largo" se habrán dado cuenta de que el protagonista de la película es el calor y de que si no fuese por la influencia emocional de tanto sudor, sus personajes no habrían sido en absoluto relevantes. Aun habiendo padecidos momento de nula inspiración, Williams y Miller, como Saroyan y O Neill, hicieron una soberbia literatura del calor que no está a mi alcance, no sólo porque su talento exceda evidentemente del mío, sino, y sobre todo, porque las razones por las que ellos transformaron el calor en literatura no son en absoluto las mismas por las que yo solo soy capaz de convertirlo en diarrea.
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