Multicultural y desprejuiciada, la Xunta acaba de subvencionar la grabación de una misa flamenca en Santiago para ilustrar cierto documental con el que el Discovery Channel difundirá la imagen de Compostela y Galicia por esos mundos de Dios. Los puristas han puesto el grito en el cielo, que parece lugar muy apropiado al caso; pero lo cierto es que en este país –más abierto de lo que se sospecha– existe una larga tradición de mestizaje musical al respecto.
Flamenca y guitarrera fue también la interpretación del himno gallego –muy hermosa, dicho sea de paso– que abrió la legislatura del anterior Parlamento autónomo. Al igual que ahora, las protestas de quienes interpretan Galicia en clave exclusiva de palleta y roncón se oyeron más allá del Padornelo y ni siquiera faltó quien exigiese la ejecución del himno andaluz a toque de gaita en justa correspondencia.
El extravagante conflicto entre flamenco y muiñeira volvería a reproducirse años más tarde en Baiona, cuando un grupo de defensores de la cultura autóctona organizó una fiesta enxebre alternativa como protesta por la celebración de la Feria de Abril en esa localidad tan improbablemente sevillana. Poco pareció importar entonces que Baiona esté hermanada con la población granadina de Santa Fe de la Vega, lugar donde existe todavía una "ermita de los gallegos" construida en 1498 por los naturales de Galicia que en aquella época guerreaban contra el sarraceno en tierras andaluzas.
Mucho más tolerante que los veladores de sus esencias, el pueblo gallego tiene acostumbrado el oído a otras músicas –sin que ello suponga despreciar la suya, ni mucho menos– desde los lejanos tiempos de la emigración. Los palcos de las verbenas populares fueron la curiosa vía de entrada en Galicia de las guarachas de México, el mambo afrocubano, la cumbia y el merecumbé de Colombia o el cha-cha-cha de Antonio Machín, que era hijo de un emigrante de Lugo. Y a esa ola de ritmos trasatlánticos se uniría aún, con gran éxito, la de las coplas y tonadillas andaluzas que tanto aprecio obtuvieron –y obtienen todavía– entre las razonables gentes que no encuentran incompatibilidad alguna entre la gaita y la guitarra.
Prueba de ello es que este reino ha alumbrado notables virtuosos de la guitarra flamenca como –un suponer– Cuchús Pimentel o Marcos Teira. Por no hablar ya, claro está, de Carlos Núñez, el más famoso y multinacional de los gaiteiros gallegos, que en su álbum "Los amores libres" mezcló con toda naturalidad y sorprendente resultado la música tradicional gallega, la celta, el flamenco y el fado portugués.
Si acaso, los únicos que podrían poner objeciones a esta fusión de músicas que lo mismo aflamenca una sesión de apertura del Parlamento gallego que un documental sobre Galicia serían los dirigentes de la Junta de Andalucía. Sabido es que los legisladores andaluces se atribuyeron en su Estatuto la competencia exclusiva sobre el flamenco, circunstancia que tal vez obligase a solicitar los permisos oportunos y a pagar los derechos de peaje y copyright por el uso de ese género. Felizmente, no hay noticia de que los jerarcas del sur se hayan sentido molestos por estas intrusiones gallegas en su dominio de soleares, seguiriyas, sevillanas, bulerías y peteneras.
Aquí no hemos caído aún en la tentación de asignarle a Galicia la propiedad exclusiva de la gaita, o la del birimbao, o la de las tarrañolas. Tal vez el hábito cosmopolita de emigrar y mezclarse con gentes de todos los países y costumbres haya hecho a los gallegos algo más receptivos de lo usual a las músicas de otros pueblos. De ahí que sólo a los más castizos moleste ahora, en apariencia, la interpretación del himno gallego en clave musical sureña o la inclusión de una misa flamenca dentro de un documental hecho en Galicia. Si los gallegos nacen donde quieren y viven donde les da la gana, nada hay de raro en que también se pongan flamencos si les peta. Galicia es un mundo.
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