Continúan los análisis sobre las causas del éxito del equipo nacional de fútbol en los campeonatos de mundo de Sudáfrica. En buena parte centrados en la figura de su seleccionador, señor Del Bosque, al que se le atribuye una participación decisiva en el buen fin de la aventura. La crítica destaca sus aciertos tácticos, su tranquilidad de ánimo en los momentos difíciles, y su buena mano para conducir a un grupo de jóvenes estrellas, a las que siempre se les supone una natural tendencia a la egolatría. ("Tal parece que tuviese dos manos izquierdas", le alabó Johan Cruyff). Pero el análisis de la actuación de don Vicente Del Bosque trasciende lo deportivo y entra en el estudio comparativo de las características ideales del liderazgo político y del liderazgo empresarial. En no pocos comentarios se ha detectado la añoranza de que al frente de los partidos políticos españoles no haya personas de esas características que inspiren confianza y alienten las virtudes positivas de la ciudadanía, en vez de azuzar los factores de división y enfrentamiento. "Un hombre tranquilo, buen conocedor de su oficio y de las personas con las que trabaja –se oye decir– es lo que necesitaríamos en este momento para sortear las dificultades de la crisis económica y el enredo del estatuto catalán". Y parecidas reflexiones se hacen en el mundo de la empresa en el que durante demasiado tiempo se ha preferido el perfil del ejecutivo agresivo que descabezaba cuadros y firmaba ceses con la misma frialdad con que el general Franco ordenaba fusilamientos. "El jefe tranquilo funciona"; "las empresas también buscan líderes tranquilos", he leído en algún periódico que solicitó la opinión de expertos en la materia para analizar el fenómeno. Uno de ellos, presidente de la consultora Eurotalent, define el liderazgo de Del Bosque como el "liderazgo de los nuevos tiempos" y lo pone en contraste con el "liderazgo de los tiempos antiguos" (por cierto el mismo que alabábamos hace unos pocos días). "Muchos de los entrenadores que han fracasado en el Mundial –dice este hombre– son de la vieja escuela, entienden el trabajo en equipo como la obediencia de los centuriones, es decir, yo estoy por encima de los jugadores y los muevo como si fueran simples fichas en un tablero de ajedrez". El cambio de tendencia, hacia formas más humanas de gestión empresarial, ha sido tan repentino y espectacular que hemos de desconfiar de él. Entre otras cosas, porque está basado en el único dato que valora esa gente implacable: el resultado final. Si Holanda hubiera triunfado con su apuesta por el fútbol violento en medio campo y los veloces contraataques, posiblemente ahora estaríamos abominando del estilo Del Bosque, un hombre bueno pero quizás demasiado blando para ser un ganador en una competición despiadada. Afortunadamente, no ha sido así y ahora podemos hacer el elogio del hombre tranquilo, bonachón y risueño que sabe dar un puñetazo sobre la mesa, o sobre el mentón de los adversarios, cuando conviene. Como hizo Spencer Tracy en Conspiración de Silencio, representando a un agente de seguros manco que investigaba una extraña desaparición en un pueblo perdido del oeste americano o John Wayne en El hombre tranquilo, en el papel de un veterano boxeador de origen irlandés que retorna a la patria de sus mayores para casarse en un país de gente crecientemente excitada, un hombre templado y de sentido común debería ser un valor en alza.