Tras hurgar en los secretos de las nubes como sus antiguos colegas del Capitolio lo hacían en el hígado de las ocas, los científicos de la Agencia de Meteorología del Estado pronostican la llegada a España de un verano tórrido de soles y avaro en lluvias. Por si las subidas del IVA y de la luz no bastasen para caldear el ambiente, también los termómetros añadirán uno o dos grados más de lo habitual a las temperaturas veraniegas, siempre que no fallen las predicciones de los meteorólogos. El augurio es bueno para los veraneantes, pero entre malo y pésimo para la salud de los montes de Galicia que todavía se están recuperando de la devastadora oleada de incendios del año 2006.
Tupidos como deben de estar de maleza los bosques de este reino tras las humedades de los últimos veranos, nada cuesta imaginar que un estío seco y caluroso dispararía hasta extremos comparables a los de entonces el riesgo de fuego forestal. Si algo ha demostrado la experiencia de las últimas décadas es que, con uno u otro gobierno, el único sistema eficaz de prevención lo proporciona la lluvia. Del mismo modo que los ejércitos de Napoleón y Hitler fueron derrotados en Rusia por la nieve del General Invierno, en Galicia no queda sino confiar al General Lluvia la lucha preventiva contra los incendios.
Los expertos en estas cuestiones suelen acudir a la llamada "regla del 30" para establecer el punto a partir del cual los montes entran inevitablemente en combustión y ya sólo queda encomendarse a la Providencia y a los bomberos para que no se repitan catástrofes como la de hace cuatro años. Cuando coinciden en un mismo día temperaturas superiores a los 30 grados, una humedad inferior al 30 por ciento y vientos que superen los 30 kilómetros por hora, las probabilidades de incendio son tan altas que casi pasan a ser una certeza. Y aunque el pronóstico de la Agencia Estatal de Meteorología no afine hasta ese punto, su anuncio de una estación con más calores y menos lluvias sugiere que el de este año podría ser un verano ardiente en el más literal sentido de la expresión.
Si tal circunstancia se produjese –y es seguro que nadie lo desea–, ya sólo quedaría el recurso a la batalla por tierra, mar y aire contra las llamas. El lenguaje bélico puede parecer un tanto excesivo, pero lo cierto es que nada se parece más a un ejército en campaña que el dispositivo de extinción de incendios organizado en su día por el entonces monarca Don Manuel, que aún hoy sigue vigente con apenas algunos cambios.
Este año, por ejemplo, serán más de seiscientas las brigadas y pelotones que a modo de infantería se encarguen de combatir al fuego sobre el terreno, con el apoyo de helicópteros de transporte y la fuerza aeronaval de hidroaviones que aporta el Estado para el bombardeo acuático de los incendios. Una fuerza más que considerable a la que se habría unido incluso una división de tanques cortafuegos que, infelizmente, no superaron años atrás la fase experimental de pruebas en Galicia.
Podría pensarse que, enfrentado a semejante arsenal, el fuego optaría por una prudente retirada a otros reinos en los que la población y las autoridades se mostrasen menos hostiles; pero nada es suficiente, por desgracia, para derrotar a un enemigo que tiene en los abundantes bosques y espesuras de Galicia a su principal aliado. Lo propio de la leña es arder y, para nuestra suerte y a la vez desgracia, las fragas gallegas acumulan el veinte por ciento del total de la madera existente en la Península.
Ahora que la crisis tal vez fuerce el recorte de medios materiales y de personal, ningún momento parece peor que éste para la irrupción de un verano de altas temperaturas y bajas precipitaciones como el que anuncian los meteorólogos del Estado. Sólo queda esperar que se equivoquen en sus agüeros y –por si sí o por si no– ir organizando algunas rogativas a favor de la lluvia: el plan antiincendios que nunca falla.
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