La de ayer fue una tarde de sol y gaviotas sentado al fresco en una terraza poco concurrida de la ciudad de Vigo, con el corazón en calma y el coche a mano, y en el suelo, un puñado de esas palomas diocesanas que sucumben a la pagana tentación de alejarse unos metros de la iglesia de María Auxiliadora y comerse al otro lado de Ronda de Don Bosco las pipas de girasol que sirve de tapa el propietario de la cervecería "Encapríchate Country". Me tomé dos cafés con hielo y fumé una docena de cigarrillos mientras escuchaba "Perhaps love" en la voz de John Denver y Plácido Domingo. En una lenta pincelada he visto pasar un gato caminando al óleo, sibilino y cauteloso, como si llevase las patas en una mochila a la espalda.
Vigo ha sido siempre mi tentación sureña, la obsesión que ya de niño me arrastraba a sentir el único calor meridional que era capaz de soportar. No me desenvuelvo bien con el coche por sus calles y sin embargo sé que nunca me sentiré perdido, y que donde quiera que me encuentre, ese será sin duda el lugar que tendría que haber elegido como meta.
Era media tarde y entre el calor y las playas han vaciado las calles. Sólo se escucha de vez en cuando la suave chancleta de los neumáticos de un coche que desciende la calle, o las pisadas de un transeúnte remontando la pendiente con regularidad y sin ahínco, como si ni llegar a lo alto fuese su objetivo, ni le importase mucho retroceder. A ratos me parece que si cerrase los ojos podría escuchar el tranvía de San Francisco chirriando sobre el blando pavés de la calle mientras en el humo de mi cigarrillo se encarama como en una cucaña la brisa. Al levantarse del suelo, las palomas sonaron como un fosco aplauso de hojaldre, como una llamarada de agua en un guante de raso.
Si los cambiantes trastornos de mi personalidad me permitiesen morir en tres cadáveres iguales, a los que recibiesen sepultura en Compostela y en Cambados se añadiría sin duda el que tuviese la suerte tal vez inmerecida de ser enterrado en Vigo. Me valdría cualquier lugar de la ciudad, incluso esa terracita en la que ayer escuché la voz de John Denver mientras al picotear las pipas de girasol las salesianas palomas de María Auxiliadora mecanografiaban el silencio de una ciudad agradable y vacía en la que solo de cuando en cuando se dejaba caer al tacto por la pendiente de la Ronda de Don Bosco un coche en cuyos neumáticos se retiraba descalzo el tiempo.
Me hizo feliz ver que en el parabrisas del coche el lugar de las multas lo ocupaba ayer en Vigo el tic tac de las alas de una de esas mariposas que cuando yo era niño iluminaban las flores, orillaban el pelo de las chiquillas y de vez en cuando pestañeaban de azul y amarillo en el mármol panificado de los muertos. Y ahora estoy aquí, sentado frente al ordenador, presintiendo en mis manos la frase con la que tendría que acertar a decir en pocas palabras que en una terraza de Vigo me fumé ayer por la tarde una docena de cigarrillos mientras las palomas picoteaban las pipas de girasol con una mezcla de rutina, hambre, y devoción, como si estuviesen probando contra el suelo los zapatos de Fred Astaire y los clavos de la Crucifixión.