De todas las cosas que me ocurrieron en la vida siempre se me ha dado mejor contar las que jamás me sucedieron. Quiero decir con esto que sobre los hechos reales la literatura me ha permitido establecer derivaciones irreales que sin embargo son coherentes con la sustancia de la que proceden. Es real la mujer que contemplas, amigo, pero, ¿lo son también la personalidad que le supones, los planes que te trazas imaginándote en su compañía, el delicado "Mancini" que tintinea con la brisa de un ademán en los abalorios de su pulsera? Y, sin embargo, ¿son acaso irreales? Hay un plano incontestable y tangible de la realidad y otro en el que no cabe descartar que sea real lo imaginado. En una ocasión me entretuve mirando el sobrevuelo casi mecánico de una bandada de las palomas en torno a una estatua de bronce y pensé que las aves estaban allí, sólidas y tridimensionales, pero luego me pregunté si tal vez cabía la posibilidad real de que en el interior de cada una de aquellas palomas viajase de polizón un topo. Por añadidura, ¿sería posible que incluso dentro de cada topo se hubiese colado una lombriz y que en cada lombriz a su vez viajase, enhebrada como un aforismo, una estilizada procesión de hormigas?. Es evidente que esa realidad presumida habría dejado de existir si le hubiese abierto el vientre a cualquiera de aquellas palomas y me encontrase con que lo único real era la fisiológica rutina de su casquería. Ocurre lo mismo cuando al privarlos de la literatura, los hechos se convierten en una simple descripción pericial, en un informe técnico, en algo frío, casi numérico, apenas en un simple atestado desprovisto de la bechamel de cualquier elucubración. Una mujer pesa lo que dice la báscula que pesa, pero para el columnista no cabe excluir el peso no comprobable de su aroma, de su aliento, de su enternecedora humildad o de su displicente soberbia. Las ideas de los grandes hombres pesan por lo general mucho más que sus cabezas, aunque los censores y los verdugos, siempre tan prácticos, sean propensos a medir la fuerza de las revoluciones por el peso que arrojan en la báscula las cabezas que yacen decapitadas en el canasto de la guillotina.
Alguien me dijo de madrugada en un burdel que cualquier fulana pesa cuatrocientos gramos más si te mira con rencor y los brazos en jarras. A una amiga mía que era obesa, y evitaba ser aupada en brazos por suponer que ninguno de sus amigos saldría airoso de la prueba, la tranquilicé diciéndole que el peso real de una mujer no depende de su masa muscular, ni de sus proporciones, sino del deseo que sienta por ella el hombre que la pretende. La realidad emocional o literaria desborda a la realidad cuantificable y a veces incluso no sólo la explica, sino que también la redondea. Tratándose de asuntos tan relativos, lo real y lo ficticio llegan a veces a confundirse, como cuando el tipo listo hecho a sí mismo en el arroyo le regala a su chica un collar de perlas auténticas que acaba de pagar con dinero falso en la joyería de la esquina. ¿Dejarían acaso de ser auténticas las perlas sólo porque se descubriese que era falso el dinero? Pues en elaborar la realidad con dinero falso consiste a menudo la impagable perla de la literatura.
Un tipo que acaba de vaciar su bolsillo por acostarse con una fulana me dijo que él jamás les preguntaba a las prostitutas si eran sinceras al excitarse. No hubo mucho de que hablar sobre el asunto. Ambos sabíamos que la mayoría de los clientes de los burdeles fingen amar a esas mujeres y que si se callan la verdad no es por otra cosa que por evitar que la chica les confiese que también ella ha fingido el orgasmo. Por eso digo que de todas las cosas que me ocurrieron en la vida siempre se me ha dado mejor contar las que jamás me sucedieron.
Mientras miraba esas palomas sobrevolando la estatua de bronce pensé que la bandada estaba realmente allí, repartiéndose con el nácar de sus pisadas la efigie verde de aquel personaje, pero que mi mente la sobrevolaba una realidad distinta, una bandada de literarios pájaros de tinta, una ortográfica tiña de ideas confusas pero excitantes. Aquella noche me tomé las copas en el bar de siempre, pero no les escribí nada a las mujeres en los posavasos de papel. Me quedé ensimismado mientras fumaba, atento a que con un poco de suerte alguna de aquellas literarias palomas mentales pusiese un huevo real en el interior de mi cabeza. No ocurrió tal cosa, pero al llegar casa estaban a punto de dar las seis de la mañana y evité entrar en el salón, no porque no me apeteciese derrumbarme en el sofá, sino por temor a que no fuesen de fogueo los seis disparos del reloj de cuco.
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