Ante un cónclave que reúne estos días a los feligreses de la Iglesia Universal del Cambio Climático, el presidente boliviano Evo Morales acaba de pronosticar que de aquí a cincuenta años todos los ciudadanos del orbe capitalista serán calvos y/o homosexuales. Es una manera como cualquier otra de decir que al capitalismo se le va a caer el pelo. Por marica.
La culpa de tamañas desgracias –o “desviaciones” en el caso de los gays– hay que atribuirla, según Morales, al afán desordenado de riquezas que aflige al sistema capitalista. La calvicie sería una consecuencia directa del consumo de alimentos transgénicos, del mismo modo que la homosexualidad procede, a su juicio, de la inyección de hormonas femeninas para engordar a los pollos que luego nos comemos.
Como Morales luce una frondosa mata de cabello, nada cuesta deducir que –pese a las apariencias– no tiene un pelo de tonto. Aun así, los pronósticos de este adalid del socialismo y el nacionalismo indígena fueron acogidos con cierta hilaridad por una parte del público que asistía a su prédica. Cuestión de prejuicios raciales, seguramente.
En realidad, las teorías que expone el líder boliviano y bolivariano de manera un tanto tosca son más o menos las mismas que vienen defendiendo desde hace años –con mayor adorno científico– numerosos grupos ecologistas. No en lo que afecta a los gays, naturalmente; pero sí en la supuesta peligrosidad de los alimentos modificados genéticamente. Es una polémica todavía abierta.
Por extravagantes que parezcan las ideas de Morales a propósito de la influencia del pollo sobre la homosexualidad y los transgénicos en la alopecia, lo cierto es que no podía haber escogido mejor auditorio para exponerlas que el de una Conferencia del Cambio Climático como la de Cochabamba. Y es que en materia de predicciones catastróficas, los profetas de este último gremio superan incluso la imaginación –fértil a todas luces– de cualquier caudillo indigenista.
Si Morales atribuye al capitalismo la epidemia de calvicie y homosexualidad que en su opinión va a dejar sin pelo ni lo que hay que tener a todo el mundo dentro de medio siglo, los profesionales del calentamiento global –gringos en su mayoría– no se quedan atrás a la hora de augurar desgracias. De ser ciertos algunos de sus vaticinios, los ríos se desbordarán, el mar crecerá dos palmos, el desierto del Sahara extenderá sus dominios de arena hasta la catedral de Santiago y la subida de los termómetros hará que los gallegos, noruegos y otros pueblos del norte sucumban a las enfermedades tropicales que va a traer consigo la ola de calor. Comparadas con estas profecías, las siete plagas de Egipto y los ominosos avisos del Apocalipsis parecen cuentos de niños.
Cuestión distinta es la relación de causa a efecto que Morales ha establecido entre el consumo de pollo con hormonas y la propagación de la homosexualidad. Quienes tenían al presidente boliviano por un gobernante progresista, antiimperialista y guay del Paraguay –o de Bolivia, para ser exactos–, estarán quizá consternados al saber que su líder considera gente sexualmente “desviada” a los gays. No hay razón para sorprenderse. Morales no hace, a fin de cuentas, otra cosa que seguir el ejemplo de su colega y referente ideológico Fidel Castro, famoso paladín de las libertades que hasta no hace mucho recluía a los “mariconsones” y otros elementos antisociales en granjas con el benemérito propósito de “reeducar” su extraviada tendencia erótica.
Felizmente, el líder boliviano ha identificado la causa de ese problema en los pollos a los que el imperialismo atiborra de hormonas. Bastará, pues, con un cambio de dieta que excluya las aves, los transgénicos, la coca-cola y las patatas de Holanda para que la revolución triunfe por fin y el capitalismo se venga abajo por su propio peso. Se ignora, eso sí, qué es lo que le han hecho los calvos a este hombre.
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