Después de finalizados los grandes partidos de fútbol –de esos que levantan pasiones en las vísperas– suelo leer los periódicos de los días anteriores para apreciar la distancia que se dio entre las expectativas y los pronósticos lanzados al aire alegremente y los resultados reales y ya inamovibles. Ocurre lo mismo con las grandes batallas y con esos momentos decisivos que cambian el rumbo de la historia, que no del mundo. Momentos estelares de la humanidad les llamó el escritor austriaco Stefan Zweig en un famoso libro donde recogió esos instantes en los que una luminaria se apaga y otra se enciende. Antes de Waterloo, aún era posible que la estrella de Napoleón volviera a fulgir sobre el mapa político de Europa, y después de Waterloo sólo se le abrió el camino del exilio a Santa Elena, para dar rienda suelta a la melancolía y al recuerdo de las glorias pasadas. Afortunadamente, en el fútbol la derrota definitiva nunca se da y siempre queda abierta la posibilidad de un partido de vuelta o de una nueva competición en la que reverdecer ilusiones. Trato de animar con ese argumento a un buen amigo que tiene al Barcelona como segundo equipo en sus preferencias después de haber vivido muchos años en aquella ciudad. El martes pasado vio con tristeza como el equipo catalán caía derrotado ante el Internazionale de Milán por tres goles a uno, y aún no se explica cómo tal catástrofe pudo haberse producido dada la–a su entender– superioridad técnica del Barça sobre un rival más tosco y veterano. No obstante, había algunas señales de que tal circunstancia pudiera darse en algún momento, pese a la fantástica racha de victorias que lleva acumuladas. Seis títulos (todos los posibles) en un año es una marca nunca vista, pero el exceso de partidos cansa las piernas, embota las cabezas, amanera el estilo de juego y el balón ya no circula tan rápido. El que mejor sabe todo eso es el propio entrenador del Barcelona, Pep Guardiola, un hombre elegante, educado y fundamentalmente muy listo. El día anterior al partido hizo una perfecta evaluación del potencial enemigo. "Nos enfrentamos a un equipo que está en plena forma y tiene un entrenador muy inteligente, capaz de preparar varias formas de jugar, incluso alguna que no nos imaginamos. A la contra, te mata. Sus transiciones son vertiginosas. Vamos a sufrir mucho. La eliminatoria está muy igualada, se resolverá en el Camp Nou por detalles y favorecerá al que tenga mayor acierto". Ni que lo hubiera visto anticipadamente en una bola de cristal. Al día siguiente, todo se desarrolló como Guardiola había temido. El Barcelona estuvo espeso y el Inter troceó el partido a su conveniencia, trabando el juego cuando interesaba y dándole velocidad en situaciones de ventaja. Si hay un rival históricamente incómodo para el Barcelona, aparte del Madrid, ése es el Inter, un equipo que siempre se ha beneficiado de sus descartes. En el pasado, se hizo grande a partir de la marcha de Luis Suárez y Helenio Herrera a San Siro. Y ahora ha sabido cambiar a Ibrahimovic por Eto´o y una importante cantidad de dinero con la que fichó a Sneijder, Diego Milito y Motta, otro ex azulgrana. En cierto sentido, pudiera decirse que el Inter llegó al paraíso futbolístico en una forma parecida a como Eva surgió de una costilla de Adán. Y ya se sabe cómo terminó aquello.