Seré un alarmista pero cada vez que oigo al profesor de Ciencia Política Carlos Taibo hablar de lo que pasa me viene a la cabeza huir al campo, atrincherarme en un trozo de tierra y aprender a gestionar mi supervivencia con los míos. Por si acaso. No voy a negar que para mí vivir en el campo es como un destierro, algo así como meterme en un zulo lleno de oxígeno y pajaritos porque no en vano soy un urbanita adicto al cemento que desconfía de la floresta, pero es que Taibo parece que predica el fin del mundo. Hace unos días le oí en el Club FARO hablando de la crisis energética, la destrucción de recursos y el sálvese quien pueda del capitalismo, como crisis de raíz que padecemos aún más importantes e impredecibles que la económica y mientras lo oía empecé a hacer cuentas sobre lo que me saldría comprar unas gallinas, un cerdo y aquel libro "El hortofruticultor autosuficiente" con que nos ilusionamos los de nuestra generación cuando en el primer matrimonio queríamos huir al campo.
Creo yo que si cierro con alambradas nuestra parcela para que no entren ni los pájaros, aprovecho hasta la piscina para sembrar patatas, dejo por ahí sueltas las gallinas por si los huevos y me hago amigo de algún vecino con viña podré ir resistiendo cualquier posible marejada social que se avecine, incluso cuando me nieguen la pensión después de haber hecho el idiota y cotizado toda la vida. En cuanto al libro, me servirá para obtener las claves de cómo cultivar la huerta imprescindible, incluyendo una parcelita con plantación de marihuana para ir enajenando un poco la razón y solapando el posible infortunio. Recuerdo que en mi primera reencarnación matrimonial, en la que ya huimos al campo pero por moda, mi primera suegra me sorprendió con "El hortofruticultor autosuficiente" puesto en tierra, abierto por la páginas de las judías y con un metro en la mano. Me miró estupefacta y me dijo:
–¿Qué fas, rapás?
–Plantar semilla de judías. Dice aquí que cada 18 centímetros...
Mi suegra 1ª ya me echó del campo aquella vez en los 80 con cajas destempladas maldiciendo de estos señoritos de ciudad que no sólo se casan con la hija de una sino que practican el intrusismo con el campesinado manual en mano. No volví ni a pensarlo hasta ahora por culpa de Taibo, que es un tipo de mente muy lúcida que no tiene que mentir como los políticos, o si no mienten no tiene por qué buscar esas soluciones a corto plazo para mantener el voto que nunca solucionan nada y son una suerte de mentira porque, si arreglan el presente, hipotecan aún más el futuro. Taibo se puede permitir el lujo de decir lo que sospecha, como que de las crisis profundas pueden surgir guerras o, en su defecto, regímenes autoritarios. Por ejemplo, por la lucha por los escasos recursos energéticos.
Así que especulo, pero no con dinero de los demás como los prohombres a los que les ponen calles con su nombre, sino simplemente con la idea de huir al campo. Le diré a mi actual esposa si quiere sumarse a la propuesta con la promesa incluso de que le seré fiel en el zulo, y le propondré a mis hijos dejar de ser ejecutivos y esas cosas y comprar al lado un terrenito comunicado por las galerías del bunker subterráneo con el nuestro. Es la hora de la vuelta a la familia, de la protección común de lo que importa y bueno sería que se añadieran la madre de mis hijos y su actual marido porque, al cabo, tenemos intereses y afectos comunes y no somos más que una familia más grande producida por la mezcla de amores y desamores, de relaciones perdidas y otras renacidas. Ya a las novias que he querido no me atrevería a proponerles nada porque tienen su mundo y no es el nuestro.
Simplificándolo todo allí, en el campo, y con una economía autosuficiente basada si es menester en el trueque, puede que sobrevivamos a la hecatombe aunque, ya que no nos van a pagar las pensiones que nos merecemos, hago votos por que al menos el sistema de gratuidad sanitaria resista por si tenemos algún "pallá" propio de los años. Aunque también lo dudo, no sólo porque los neoliberales amenazan con privatizarlo, fijaos ya lo que se anuncia respecto al nuevo hospital de Vigo, sin ir más lejos; también porque los usuarios lo estamos hundiendo sobreutilizándolo y creyendo que tenemos derecho hasta a que no nos ocurra la muerte.