Las declaraciones de Luis Francisco Esplá en el debate tauromáquico catalán, filosofando entre otras lindezas sobre la supuesta "arrogancia" del toro en la hora de la muerte, me han hecho recordar la historia triste de Timothy Treadwell. Este chico estadounidense quería ser actor, pero nunca pudo superar la frustración de resultar eliminado en el casting para la serie Cheers, así que cayó en una espiral de drogas y decadencia hasta que renació al mundo donde nadie jamás habría imaginado en él: en el Parque Nacional de Katmai, en Alaska, y reconvertido en un ecologista y documentalista aficionado. Para escándalo de los guías del parque, Treadwell comenzó a filmar a los osos pardos de Alaska, los grizzly, acercándose a ellos más de lo recomendable en un animal cuyo nombre biológico es Ursus arctos horribilis. Treadwell convivió trece veranos con sus nuevos amigos y rodó cien horas de vídeo en las que se puede ver cómo llegaba a tocarlos y a jugar con ellos. En su afán por interaccionar con lo grizzlies, violó sistemáticamente las normas de seguridad del parque, al punto que su dirección creó la regla Treadwell, que prohíbe acampar en un mismo lugar durante más de siete días. Pero Timothy, poco a poco, se fue haciendo famoso. Apareció en Discovery Channel y en el célebre programa televisivo de David Letterman, en invierno recorría los Estados Unidos dando charlas a los niños, escribió un libro (Entre grizzlies: viviendo con osos salvajes en Alaska) que se vendió como churros y, como colofón inevitable, fundó la asociación Grizzly People. En realidad, Timothy, como parece evidente cuando uno revisa sus videos, estaba profundamente desequilibrado; era un hombre que volcaba todas sus frustraciones personales en el amor a los grizzlies y, además, estaba atravesando una peligrosa línea roja, cometiendo una lamentable equivocación, acaso una herejía: la de creer que el hombre se puede fundir con un animal libérrimo y salvaje. El 5 de octubre de 2003 estaba acampado con su novia, Amie Huguenard, junto al río donde al día siguiente amerizaría un hidroavión para recogerlos tras el fin de la temporada en el Katmai. El oso 141, un macho de gran tamaño que Timothy conocía bien, decidió que la broma ya había durado demasiado y los devoró a los dos. Lo poco que quedó de ellos, lo encontraron en su estómago. Werner Herzog, el impredecible cineasta, le dedicó un magnífico documental, Grizzly Man, elaborado en su mayoría con las filmaciones de Timothy. En un momento determinado, Herzog se detiene en la imagen del oso 141, al que Treadwell filmó en varias ocasiones. Durante un primer plano de su poderosa cabeza, de sus ojos, el cineasta comenta, como lo haríamos nosotros, que no ve en esa mirada ni arrogancia ni violencia, ni siquiera agresividad, sino tan sólo la insondable indiferencia de la Naturaleza. Esa Naturaleza que Timothy quiso alcanzar; esa cuya rotunda, elegante manifestación en forma de oso, o de toro, otros como Esplá confunden con su propia arrogancia, la humana. Y el oso 141, por cierto, fue abatido al día siguiente. Porque los arrogantes de esta historia, es curioso, siempre acaban perdiendo.