La cadena de cafeterías Starbucks anda en apuros. Se trata de esos mismos establecimientos que convirtieron a los estadounidenses y luego a todo el mundo, incluidos los británicos, a la religión del café verdadero; algo que tiene un mérito inmenso tratándose de lugares que tenían a bien transformar esa bebida tonificante en un arma de destrucción masiva. Pero los problemas no vienen del tostado de la baya, ni de la máquina del exprés. Tienen que ver con la enmienda segunda de la Constitución de los Estados Unidos, ésa misma que autoriza a los ciudadanos de aquel país a llevar armas en cualquier sitio, hasta en los restaurantes, cafeterías y bares. Ante la última campaña en favor de poder presumir en los lugares públicos –que hacerlo en los privados, no interesa– de pistolas, rifles y hasta ametralladoras, si se tercia, Starbucks ha decidido abrir las puertas a los clientes revolver en mano una vez que aclaren que no están tratando de robar la caja.
Quienes han tomado la iniciativa de mostrarse armados sostienen como principal argumento que un derecho que no se ejerce, se pierde. No se trata tanto, pues, de liarse a tiros con el primero que tuerza el gesto como de llevar las armas a guisa de declaración pública a favor del derecho a llevarlas. El asunto me recuerda, salvando las distancias político-militares, al empeño mostrado por algunos fervorosos políticos de Cataluña al convocar referendos para que todo vecino de cualquier municipio afín a la idea pueda votar por la independencia. La llamada a las urnas no tiene como principal objetivo el de hacerse independiente ya sea del Estado, de la comunidad autónoma, de la provincia –de momento en horas bajas– o incluso del pueblo de al lado. Se trata de votar para ejercer el derecho a hacerlo, poniendo un empeño exquisito en recordar que, sea cual fuere el resultado obtenido, no peligra la pertenencia a la Unión Europea.
Los resultados de esos referendos han dado una victoria abrumadora a los partidarios de la independencia, dicen que porque quienes no se ven compelidos a defender el derecho a ese voto tampoco lo ejercen. Pero lo chusco del episodio es que el éxito lleva de la mano una paradoja. Porque si cerca del 90%, cuando menos, de los participantes en la consulta se manifiestan a favor de la independencia, da la impresión de que dejar las cosas como estaban resulta un poco frustrante. ¿Tanta consulta para eso?
La exhibición de armas porque sí conduce a un resultado parejo una vez que salvemos, de nuevo, las muchas diferencias que existen entre uno y otro caso. De tanto sacar la pistola a que le dé la luz se le queda a uno cara de llanero solitario de la señorita Pepis salvo que se anime de vez en cuando dispararla. Pero quienes se animan a hacerlo no son los clientes de los bares sino los psicópatas que matan al buen tuntún desde las terrazas. A lo mejor la solución está en convencer al americano medio que se deje de derechos inútiles, como no sea el de tomarse el café descafeinado.