Un par de borrascas han decidido viajar este fin de semana a Galicia, probablemente invitadas por la que reside aquí durante todo el año y de cuando en vez nos sobresalta con alguna tempestuosa ración de viento y lluvia. Quiere eso decir que el paterno puente de los Pepes va a estar adecuadamente rociado de agua y umbrío de nubes.
La noticia desalentará tal vez al honrado gremio de posaderos que esperaba darle un poco de marcha a las cajas registradoras en este puente de San José, pero en realidad no hay cuidado. Llueva, granice o truene, Galicia sigue siendo, tras el País Vasco, el segundo destino peninsular preferido por los automovilistas: o eso establece al menos el último sondeo del Real Automóvil Club. Y, más importante aún que ese inesperado dato, es el hecho –avalado por la experiencia– de que los españoles en general no perdonan jamás un puente así se les caiga el cielo encima.
El que hoy comienza es más bien breve y no tiene el sólido armazón de acueducto típico de los de la Inmaculada Constitución o el de la ya inminente Semana Santa, que efectivamente será este año una completa semana de ocio y vagar. Pero, aun si breve, no deja de ofrecer una oportunidad para otra de esas rutinarias escapadas que nos permiten cambiar de sitio el aburrimiento.
El "puente" sobre aguas laborales es, en efecto, una de las instituciones que caracterizan y distinguen a España de otros países europeos más estrictos en estas materias. No quiere ello decir–como a menudo sugieren por ahí adelante– que en el resto de Europa se trabaje más que en este lado de la Península Ibérica. Bien al contrario, los horarios laborales son en general más largos y copiosos aquí que en la mismísima Alemania, nación famosa por rendir culto a los valores éticos del trabajo que están en la raíz luterana de sus gentes.
Entre horas extras, chapuzas en negro, pluriempleos y jornadas fuera de contrato (si hay contrato), los españoles dedican a la faena un tiempo probablemente muy superior al de los restantes europeos. Otra cosa es, por supuesto, que nuestra natural tendencia a la anarquía y ciertos déficits de formación hagan que ese trabajo sea mucho menos productivo que el de los demás currantes continentales. De ahí ha de venir, tal vez, la injusta fama de vagos que tanto nos infama.
Parte de esa leyenda negra se funda precisamente en los puentes intercalados a modo de pausas para el café en el largo y ancho calendario laboral español. Llámenles puente o de cualquier otra manera, lo cierto es que también en las demás naciones de Europa existen métodos para vadear las aguas laborales. Si acaso, lo que nos distingue a los peninsulares es la abundancia de festivos religiosos susceptibles de ser entrelazados con otras fiestas laicas que dan origen a no menos de media docena de puentes al año.
Llegada la hora de feriar, aquí no hay moros ni cristianos. Los ateos más comecuras disfrutarán de este puente en honor a San José y del próximo de Semana Santa con la misma falta de prejuicios que lleva a las gentes más religiosas a viajar en el del Primero de Mayo. Y hasta suele darse un maridaje entre lo religioso y lo profano en el que enlaza la fiesta de la Inmaculada con la de la Constitución.
Fue precisamente la excesiva longitud de alguno de esos viaductos la que llevó a los empresarios de Galicia y Cataluña a solicitar años atrás la supresión de los puentes. La idea, consistente en trasladar de sitio en el calendario a vírgenes, santos y constituciones, no tardó en pasar rápidamente al olvido, como era previsible. Y es que en un país que ha hecho del ocio un arte, tocar los puentes equivaldría a tocarle las narices al personal.
Bien pueden tranquilizarse, pues, los hosteleros preocupados por la visita de las borrascas en este largo fin de semana. Ni siquiera una galerna sería quien de disuadir a un español que se prepara a salir de puente.
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