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Áspero y sentimental

Cadáver sin esquela

Jose Luis Alvite

 06:30  
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Llegado el momento de la crisis económica, al margen de lamentarnos, es cuestión de decidir. Si cuando íbamos hacia arriba pensábamos en la cantidad de cosas que podríamos comprar, toca ahora escoger de cuales nos dolerá menos prescindir. Siempre que por culpa de la crisis no se vea uno metido hasta el cuello en la miseria, cualquiera de los recortes puede ser llevadero. Suprimiremos viajes a sitios de los que ni conocemos el mapa, saldremos menos a comer sin apetito en el restaurante, descubriremos el valor de las cosas que no tienen precio y, en definitiva, tendremos la sensación de volver a disfrutar de los viejos placeres que habíamos dejado en desuso: el paseo, la conversación, la lectura… A lo mejor caemos en la cuenta de que en realidad no éramos tan desdichados cuando a nuestro alrededor sólo eran abundantes la escasez, el tiempo y la rutina. Por culpa de la dichosa abundancia, resulta que la obsesión por las propiedades nos había ocupado en la cabeza el sitio que antes le correspondía a los sueños. Hemos trabajado mucho todos estos años, nadie lo duda, pero tanto esfuerzo muchas veces sólo nos ha servido para ganar el sueldo con el que comprar aquellas cosas de las que no podríamos disfrutar por culpa de estar muy ocupados en ganar el dinero con el que pagarlas. ¿Tendría acaso sentido la idea de forrar de visón el gato?
Muchos de nuestros jóvenes se compraron con el dinero fácil de sus padres un coche casi por el capricho de cruzar en él la calle y cuando quisimos darnos cuenta el maldito automóvil en realidad nos les sirvió para otra cosa que para llegar antes de tiempo al cementerio. Se dirá que sus abuelos habían vivido peor, y es cierto, pero al menos la mayoría de ellos murieron en cama. Y rodeados de los suyos. Eran pobres, sí, lo eran, pero en sus cocinas siempre había fuego, y en el fuego, comida corriente, cosas verdes y amarillas, como aquellos jadeantes y melosos guisos de mi infancia en los que se gratinaba la luz y ni siquiera podían nadar las moscas. Hemos prosperado a expensas del menosprecio de una vida que por ser paupérrima no era en absoluto despreciable. Últimamente ya no había fuego en las cocinas, ni gente en las casas a la hora del almuerzo, porque estábamos muy ocupados en ganar el dinero necesario para comprarnos el magnífico sofá de piel en el que de vez en cuando se sienta el tipo que entra en el piso a robar y se caga en nuestros muertos porque ni siquiera ha encontrado una puta cerveza fría en la nevera. A veces salta en el periódico la noticia de que en el vecindario de un anciano supieron de su muerte sólo cuando el mal olor del difunto bajó por su pie las escaleras hasta el portal. A veces le echo un instintivo vistazo a las necrologías de los periódicos y encuentro desalentador lo vacías que vienen ahora las esquelas. En los buzones de los portales hay mujeres que escriben nombres inventados para dar la sensación de que viven acompañadas. Una amiga mía me dijo hace poco que al volver de madrugada a casa se encontró dentro a un ladrón. Al principio se asustó, pero pasada la primera impresión comprendió que era la primera vez en muchos años que tenía compañía al volver al piso. "Hice cuanto pude para tranquilizarlo. Después le di conversación y resultó ser un tipo estupendo que robaba por necesidad. Pueda que no lo creas, pero me sentí tan culpable de lo que le ocurría, que estuve tentada de ayudarle a bajar el botín hasta el portal. No presenté denuncia contra él. En el fondo encontré razonable lo que hacía. Para mi era como si aquel hombre estuviese recuperando cosas suyas. Me hizo compañía durante cerca de una hora. Fue un auténtico caballero. Incluso se ofreció para sacar la basura a la calle. Cuando se marchó y cerré la puerta apoyando en ella la espalda, me quedó la duda de si no habría sido mejor forcejear con él para que se quedase. No lo hice y me quedé sola. Pero, ¿sabes?, aquello me sirvió para darme cuenta de que mi dinero sólo me sirve para alentar la esperanza de que de vez en cuando me espere de madrugada en casa un hombre como aquel, uno de esos tipos que si te roban es porque ni siquiera tienen una esquela arrugada en la que caerse muertos".
jose.luis.alvite@telefonica.net

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