El Arzobispado de Santiago anda en busca de un local lo suficientemente grande como para albergar la multitudinaria recepción al Papa, que visitará la ciudad el próximo 6 de noviembre. La catedral es insuficiente, por esas fechas se corre el riesgo de que haga frío y pueda llover, y, por tanto, una ceremonia al aire libre está totalmente descartada. Además, Benedicto XVI ya ha cumplido 83 años y conviene preservarlo para que pueda culminar la importante tarea que le fue encomendada por el Espíritu Santo. Si no fuese así, podríamos haberle organizado una de esas gigantescas romerías que tanto gustaban a la cúpula del PP gallego y a don Manuel Fraga, con distribución masiva de obleas y de pulpo a los asistentes. Y no lo tomen a broma los impíos porque mezclar los beneficios espirituales de un buen sermón con la necesidad de llenar la barriga ya lo hizo Jesucristo al multiplicar de forma milagrosa los panes y los peces. Recordemos que, el llorado Juan Pablo II, ya estuvo en el Monte do Gozo, y su actuación constituyó un éxito de público superior al de cualquiera de los conciertos de rock and roll que se montan con cargo a los presupuestos del Xacobeo. Así pues, una vez descartada la catedral, encontrar un local cubierto que pueda acoger a una multitud no parece una tarea fácil, Santiago, al igual que otras ciudades de su tamaño, además del templo catedralicio, sólo dispone de un pabellón de deportes y de un recinto para la feria de ganado. Este último, el de más capacidad, está concebido para albergar acontecimientos de todo tipo como las oposiciones a plazas de la Xunta, exámenes del carné de conducir y citas gastronómicas tumultuosas en el mejor estilo estilo vikingo. El hecho de que la planta del edificio tenga forma de cruz podría ayudar a que fuera el elegido. Meter a la grey católica, y a su pastor, en una feria de ganado no parece un despropósito, pero los organizadores del evento piensan que aún así resultaría insuficiente. Otra alternativa sería cubrir con unas grandes lonas el estadio de fútbol, en una forma parecida a la de los circos. Es indudable que, los que no somos técnicos en la materia, deberíamos abstenernos de opinar. No obstante, me atrevería a sugerir que una de las soluciones podría ser la de llevar el evento al interior de la Ciudad de la Cultura, ese edificio grandioso que nadie sabe muy bien a qué se va a dedicar. Hace un tiempo, yo mismo propuse, desde estas páginas, que la Ciudad de la Cultura fuese entregada a la Iglesia Católica, posiblemente la institución más experta en sacarle rendimiento a los edificios vacíos. No se trataba de una broma, ni de una provocación. La sabiduría de la Iglesia para rentabilizar construcciones enormes, o cuya finalización se demora durante siglos, está suficientemente acreditada. Y nadie sabe mantenerlas tan bien, ni con menos burocracia. ¿Qué edificio administrativo puede compararse con una catedral, o con una iglesia importante, en nómina de personal y gastos de mantenimiento?. Para empezar, en los grandes templos católicos no hay calefacción, ni ambigú, ni urinarios, lo que obliga a quienes los visitan a permanecer allí el tiempo imprescindible para desarrollar las actividades de caridad, rezo y perdón que les son propias antes de que les explote la vejiga o se queden tiesos de frío. Un anarquista de Avilés, amigo mío, les llamaba a las iglesias, "casas sin chimenea"; es decir, sin calor de hogar. Allí, ni se come, ni se duerme.