Roy Ashburn, senador californiano que había sido martillo de los gays y de sus derechos, dijo al fin, tras ser detenido por conducir ebrio cerca de un club para gays, las dos palabras que tantas veces había impedido que salieran de su boca: "Soy gay". La homofobia es casi siempre así: un modo de luchar contra la propia inclinación del homófobo, que éste percibe con horror dentro de su cuerpo. Estas historias suelen servir para hacer escarnio y mofa del redimido, pero nadie espere aquí nada parecido. Creo que con esas dos palabras el senador ha probado honradez y valor e, incluso, ganado en fiabilidad política. Y creo también que en su pasado homófobo, aparte de victimador, habrá sido víctima de un entorno cultural y social que le impedía sentir lo que sentía y vivir como hubiera querido vivir. El senador ha derrotado, de forma tan difícil como sencilla, al enemigo público número 1: el miedo.