Cae una gran nevada sobre Cataluña y en las ciudades, sobre todo en Girona y en Barcelona, se producen enormes atascos de tráfico y una cierta sensación de caos. La perturbación había sido anunciada por los servicios de meteorología con una anticipación de 48 horas pero la intensidad del fenómeno es superior a la prevista y hay que suspender servicios de autobuses urbanos y de trenes. Muchos ciudadanos que no hicieron caso de las advertencias se ven inmovilizados dentro de sus automóviles. Por si fuera poco, un cable de alta tensión cae sobre la principal autopista y doscientas mil personas se quedan sin suministro eléctrico. Como a orillas del Mediterráneo no es frecuente ver nevar, la gente contempla el espectáculo con la fascinación propia de quien ha sido trasladado a un país del norte de Europa sin moverse de casa. El protocolo siempre es el mismo. La caída de la nieve extiende un manto de silencio sobre el tráfago ciudadano, limpia el aire, y trae olvidados aromas de bosque a las narices embotadas de los urbanitas. Tenemos la idea de que el espacio ciudadano nos ha alejado tanto de la naturaleza que, salvo pasajeras sensaciones de frío y calor, nada puede impedirnos el desarrollo normal de nuestras ajetreadas rutinas. Ni siquiera una subida anormal de la temperatura, o una lluvia torrencial, porque nos defendemos de ellas bebiendo refrescos o abriendo el paraguas. Pero, la nieve es otra cosa. La irrupción de la nieve en el paisaje urbano lo trastoca todo, especialmente en los lugares donde el fenómeno no es habitual. Decía Josep Pla en el "Cuaderno Gris" (2 de Noviembre de 1919) que "a los barceloneses les cuesta un poco imaginar que puede hacer frío. Es inútil, no quieren que se diga. Cuando se encuentran con el frío, dentro y fuera, ponen caras de manzanas agrias. Por las calles he visto mucha gente, más o menos abrigada, con unas facciones crispadas y cara de protesta". Y si no pueden imaginar que pueda hacer frío mucho menos querrán imaginar que pueda llegar a nevar. Pese a todo, y a las incomodidades sufridas, los catalanes parecen haberse tomado el suceso con un poco menos de histerismo que en Madrid. Los políticos, como ya están en campaña electoral, han criticado la imprevisión del Gobierno tripartito, pero poco más. Y la prensa local tampoco hizo sangre ni pidió que rodaran cabezas. En esto se ve que que el poder de Barcelona es un poder periférico y templado por la influencia del mar. Si esto ocurre en la capital del Estado, a estas horas habría una escandalera en todos los medios, preguntas en el Parlamento y una ofensiva general contra el Gobierno, culpable de que llueva, de que nieve, y hasta de que no nos toque la lotería a todos. Tal es la excitación anticatalana en alguna prensa madrileña que le dedicaron más espacio a resaltar los aspectos negativos de la nevada que los propios medios de la comunidad afectada. En un periódico deportivo de gran circulación ofrecen a sus lectores una foto del Camp Nou, estadio donde juega el Fútbol Club Barcelona, cubierto totalmente por la nieve. El titular no deja lugar a dudas sobre la intencionalidad oculta de la nevada: " Lo que les faltaba. El Camp Nou amaneció ¡¡¡ de blanco !!!". Si fuera cierto que, todas las nevadas, por blancas, son del Real Madrid no se explican los enfados de los capitalinos ante las incomodidades derivadas de ese agente meteorológico. Deberían estar encantados y felices cada vez que les cae una encima.