Ajenos al absurdo debate de estas últimas semanas sobre el fútbol televisado, casi diez millones de españoles llegaron a conectarse con el partido que España le ganó a Francia , que obtuvo una audiencia superior al 40%. Es, de momento, la emisión más vista de 2010, y el amistoso de la «roja» con mayor seguimiento en varios años. El fútbol, una vez más, pudo con todo y, lejos del escenario funesto que muchos auguran a la proliferación del «deporte rey» en nuestras pantallas, quedó de nuevo demostrado que el espectador lo que de verdad quiere es divertirse con ofertas de calidad, tengan el formato que tengan.
Entre quienes se oponen al aluvión de partidos de fútbol que a día de hoy podemos seguir cómodamente instalados en nuestro salón, encontramos tan pronto a románticos de épocas extintas, como a emisarios de imperios televisivos que temen perder poder. Estos últimos –el grupo Prisa en España, para dejarlo todo bien claro– parecen estar ya de retirada, conscientes de que su batalla está perdida. Los primeros, por su parte, consideran que tanto fútbol por televisión acabará «matando el negocio» o «acabando con la gallina de los huevos de oro». Parten de la base, discutible por obsoleta, de que el fútbol de hoy día sigue teniendo en el espectador que va al estadio a su principal cliente. Olvidan que el elemento principal para que la afición llene los campos es el espectáculo que les sea ofrecido y que ello depende, en esencia, de la calidad de quienes corren detrás –o delante– de la pelotita. Dejan de lado que, por mucho que nos duela, tener a los mejores jugadores en nómina cuesta mucho dinero y ese dinero, a fecha de hoy, ya no depende de las exiguas recaudaciones que los clubes obtengan por taquilla o en forma de abonos, sino de los derechos de televisión y los ingresos publicitarios que a ellos vienen asociados. Unos derechos que, a mayor abundamiento, no se calculan únicamente –como pensarían los anquilosados defensores del partidito por la tele el sábado, y gracias– en función de los seguidores de un solo país, sino en función de audiencias globales que permiten disfrutar de la Liga española desde San Francisco hasta Pekín.
Se ha demostrado, así, que más partidos televisados sólo suponen un descenso de espectadores cuando se unen a otros factores (sobre todo, relacionados con el pobre espectáculo que algunos equipos ofrecen a sus aficionados) y, de manera general, para el fútbol modesto, que no tiene más que aplicar fórmulas imaginativas para adaptarse a la nueva coyuntura, fidelizando a sus incondicionales en franjas horarias hasta ahora poco habituales. Lo que no tiene sentido es, como pretenden algunos, aplicar criterios y horarios del siglo pasado, que transcurrió en buena parte sin televisión.
Asumido, por tanto, que fútbol y televisión van a ir de la mano en tanto no se invente otro soporte que incremente el placer visual del consumidor masivo, convendría preguntarse por qué nos encontramos con detalles tan significativos como el nivel de seguimiento de un mero amistoso de la «roja. La respuesta, más allá del verdadero interés del evento, tal vez la hallemos en las alternativas que se nos ofertan. El análisis de la parrilla de programación de las grandes cadenas no conduce a otra cosa que al desaliento y la pobreza intelectual, crítica y creativa de lo que se nos ofrece, lo que no hace sino reforzar la posición del fútbol como entretenimiento familiar. A quienes detestamos la basura televisiva no nos queda otra, en esos momentos en que nos apetece dejar la mente en blanco, que ese bendito deporte que a un genio le dio por inventar. Fútbol, sí, gracias. Y, de ser posible, a todas horas.