De modo que, vista la terquedad de la Xunta para explicar lo que cada día resulta más inexplicable -que es su actitud con respecto a la Lei de Caixas- a nadie debe extrañar que crezcan las sospechas sobre su auténtica intención. Es más: que muchos piensen ya que, en el fondo, se trata de entretener al personal para que no se hable de otras cosas, desde lo negativo de muchas cifras hasta los planes -por ahora fantásticos- que la propaganda difunde.
(En esa procura, la de la distracción, encajan actuaciones como la de ayer ante la Cámara a cargo de la señora conselleira de Facenda. Una dama sin duda valiosa, pero a la que han dado un papel patético que sólo se entiende si está destinado a justificar su relevo, tras parapetar al presidente, en la primera crisis de gobierno. Este martes demostró que, en lo que al Gobierno respecta, la Xunta está en la inopia, y el portavoz socialista don Abel Losada la dejó casi en ridículo. Una pena.
Lo peor de todo es que quienes manejan tanto disparate -el último, la afirmación presidencial sobre supuestos intereses hostiles "de cargos andaluces" en el Gobierno: lo mismo resucitan a Luis Candelas- es que acabarán por mermar la confianza en las dos cajas. Y, además, que empieza a vérseles demasiado el plumero, porque la dinámica en la que están metidos les impide pararse a pensar. Son, al cabo, como esos peces que o nadan sin detenerse o se ahogan, y así les va.)
Mientras, la vida sigue, no mejora demasiado y cada vez son menos los -y las- comulgantes con ruedas de molino. Quienes están ahora en el poder, quizá afectados por el extraño mal que desmemoria a los gobernantes, han olvidado lo que tanto criticaron al bipartito y ahora hacen algo muy parecido. Por ejemplo, anunciar planes milmillonarios sin citar de dónde saldrán los cuartos, ni facilitar en detalle los proyectos. Como Antoñita, "la fantástica".
Con todo, hay una diferencia entre el pasado inmediato y el presente: la coalición que perdió en 2009 no se inventó guerras institucionales para justificar sus apuros o su incapacidad para resolver problemas. Cierto que tenía en Madrid un gobierno amigo, pero no siempre lo fue -por ejemplo, nunca firmó con el señor Touriño un pacto por el AVE como hizo con don Alberto Núñez- ni tampoco se le trató como hostil.
Sería bueno que hoy, en el Parlamento, el señor presidente dejase de distraer con lo de las cajas. Hay muchos que le agradecerían eso y confiase en los jueces, ya que afirma creer en el Estado de Derecho.
¿O no...?