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El día en que Torrente Ballester dio la clave del problema lingüístico gallego

Ceferino de Blas

 06:30  
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Manuel Cerezales fue uno de los mejores directores de la historia de FARO DE VIGO, pese a que sólo estuvo al frente del periódico un trienio. Dos de sus decisiones imperecederas fueron el fichaje de Torrente Ballester como articulista y una encuesta sobre la realidad de Galicia. Insólita y hasta arriesgada, en la España franquista de los sesenta, cuando la censura aún era férrea y cualquier crítica podía costar la carrera al autor.
Torrente, del que ahora se cumple el centenario, y se merece cuantos homenajes se organicen, llegaba de Madrid, semidesterrado a provincias, después de haber firmado un documento colectivo, que exasperó al régimen. Le costó su puesto de profesor en la Escuela Naval de Madrid, y sus colaboraciones en prensa y radio, con que alimentaba a su extensa prole. Era un maldito.
Cerezales lo acogió en FARO DE VIGO, brindándole la oportunidad de escribir una columna, de la que surgió la sección "A modo", en 1964. Torrente escribió, durante tres años, más de doscientos artículos, algunos de ellos antológicos. Fue su etapa más fresca y más en contacto con sus lectores en su larga trayectoria como columnista.
Pero la iniciativa más interesante que tomó Cerezales, casado con la escritora Carmen Laforet y padre de una saga de literatos en activo, fue la encuesta para analizar la realidad gallega de la época. Valentín Paz Andrade lo alentó en el empeño.
La encuesta consistía en entrevistar a diferentes personalidades para que opinasen sobre materias de las que eran expertos: la economía, el trabajo, la emigración, la juventud, la Iglesia, la cultura, la lengua. Se completaba con un recorrido por Galicia de jóvenes redactores del periódico que pulsaban la realidad sobre el terreno.
Uno de los personajes elegidos para hablar sobre "el momento cultural gallego", y más específicamente sobre la lengua, es Gonzalo Torrente Ballester.
Su opinión es lúcida y esclarecedora, en consonancia con su clarividencia y su compromiso intelectual con la verdad.
Le preguntan a Torrente: ¿cuál es el papel del intelectual, respecto al pueblo? Y responde: "decir la verdad, siempre la verdad y nada más que la verdad. Y elevar al pueblo hasta la verdad misma, no rebajarla con el pretexto de hacerla más accesible".
Su verdad, en materia lingüística, del gallego como idioma de expresión popular y culta, es la siguiente: "Por una serie de azares, nunca he tenido ocasión de ampliar la lengua materna, elevarla a lengua culta y hacer de ella mi instrumento único de expresión literaria. La Literatura gallega no tiene, pues, nada que agradecerme, y lo siento... No pertenezco a esa clase de españoles que, cuando van a Barcelona, se consideran ofendidos porque la gente hable en catalán. La irritación de los tales es la manifestación de un complejo de inferioridad. ¿Hay algo más natural que un pueblo hable con normalidad su propia lengua? Que la pierda debería considerarse como causa de vergüenza colectiva. Y el gallego ha estado a punto de perderse. Algún día se hará la debida justicia a los que lo han evitado" (FV, 23-10-64).
Como colofón se atreve a aventurar el futuro del idioma materno: "El porvenir del gallego está, pues, en manos de la sociedad gallega".
Hemos llegado a los tiempos a los que remite Torrente, y por fas o nefas, tal vez porque fuera imposible otro desenlace, estamos ante un nuevo problema, el del predominio o la coexistencia en las aulas de los dos idiomas: el gallego y el castellano.
Torrente reflexiona sobre una disyuntiva, tal como está planteada, porque no llegó a imaginar la actual situación de que estaría en disputa si las asignaturas se imparten en gallego o en castellano.
Como intelectual que acaba de retornar a Galicia tras vivir en Madrid, sale en defensa del idioma materno, porque es la lengua sojuzgada. Hace cuarenta y seis años, cuando se enfrenta a la realidad de entonces, enmarcada en una España centralista, de idioma único e impositivo, no podía proceder de otra forma. Pero tampoco podía figurarse el cambio pendular que se experimentaría cuatro décadas más tarde, cuando en las autonomías históricas el idioma predominante es el autóctono, y el idioma común, el castellano, ocupa un puesto normativamente secundario en las aulas.
¿Cómo iba a prever Torrente que los términos del debate idiomático fueran de disyuntiva y los diriman los grupos más radicales y excluyentes: los que pretenden imponer el gallego como lengua única, y los que se inclinan por el predominio del idioma oficial?
¿Cómo iba a imaginarse Torrente, profesor de Literatura en Pontevedra, que el debate del idioma, en lugar de librarse predominantemente en las aulas y entre intelectuales, se dirimiría en las asociaciones de afines de ideología enquistada y resentida y hasta en las tertulias mediáticas, a golpe de espectáculo y de verbalismo hueco?
Mientras que la inmensa mayoría del pueblo practica con naturalidad el bilingüismo y es partidaria de la coexistencia y la convivencia de los dos idiomas, aunque, como suele ocurrir, cede con su silencio la voz a los más osados.
Es justamente la solución de Torrente al problema idiomático: El futuro del gallego será el que quieran los gallegos.
Desde otra perspectiva, pero con una opinión coincidente, aparece Julio Sigüenza, menos universal que Torrente, pero otro de los referentes intelectuales de la época: redactor de FARO, reconocido poeta y miembro de la Real Academia Gallega. He aquí su confesión: "Soy un poeta, escritor y periodista bilingüe, y dentro del movimiento intelectual gallego, me siento y me he sentido siempre un franco-tirador. No admito clanes, capillas ni banderías en cuanto al pensamiento hace referencia… Por suerte, Galicia es un país bilingüe, y tan gallego es el que escribe en castellano como el que lo hace en el idioma vernáculo".
Aunque los ejemplos no siempre hacen más comprensible la realidad que pretenden explicar, la situación podría compararse a lo que es la normalidad lingüística en la franja asturiana que va de Navia a Ribadeo, es decir, la Asturias occidental. En ella se habla el astur-galaico, un gallego especial, que los asturianistas tienen claro que es un asturiano con acento y los nacionalistas de Breogán consideran gallego. En realidad se trata del eonaviego, gallego-asturiano o fala del Occidente de Asturias. Pero por más polémicas lingüísticas que organicen unos y otros, de ambas riberas del Eo, la inmensa mayoría seguirá utilizando ese peculiar modo de hablar, sin importarle los debates político-lingüísticos ni plantearse cambios de identidad autonómica.
¿Cuál es la solución al jeroglífico en el que está inmersa la sociedad por mor de decisiones políticas partidarias? El actual gobierno gallego, que llevó el problema a la campaña electoral, está emparedado en el sandwich de los más combativos de ambos bandos. Tiene ante sí un reto político peliagudo.
La conclusión razonable es la que, como exponía Torrente, desea la sociedad gallega, y la que constata Sigüenza, que Galicia es bilingüe. Ni el gallego está ahora en peligro, como dicen los hinchas, porque ni la dictadura pudo con él, ni el castellano debe suplantar al gallego en las aulas.
A las aulas debe trasladarse el bilingüismo natural que se vive en la calle. No se trata de implantar el liberalismo lingüístico, pero hay que convenir en que lo democrático es aceptar las reglas de la calle, que son las de la gente. Si no hay mejor ley de Prensa que la que no existe, en materia lingüística sólo deberían dictarse normas legales para evitar los excesos. El todo fluye de Heráclito es la mejor de las prácticas. En cuestión de idioma, dejar que fluya el río de la realidad. Es decir, monolingüismo en las aulas, no es lo recomendable. Bilingüismo o plurilingüismo, como ocurre en la calle, parece lo sensato.

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