Decididas a echarle una mano al Gobierno que tanto sufre con la crisis, varias empresas y personalidades españolas lanzan en estos días una campaña para levantarle el ánimo a la ciudadanía bajo el lema: “Esto sólo lo arreglamos entre todos”. Se ignora si sus promotores desconfían de la capacidad de los gobernantes para solucionar los problemas que –en teoría– les competen o si meramente pretenden fomentar el optimismo entre una población que acaso esté en fase depresiva.
Como quiera que sea, el propósito de la Fundación Confianza apunta –según su propio nombre indica– a excitar y enderezar la voluntad de los españoles, doblados ahora mismo por los efectos de la recesión económica. Se conoce que en cuanto los ciudadanos dejen de desconfiar y se animen un poco, la crisis desaparecerá por arte de birlibirloque. Y si se resiste a marcharse, al menos nos habremos echado unas risas.
La idea resulta de lo más estimulante, si bien no es menos cierto que podría suscitar acusaciones de intrusismo en la vecina Portugal. Efectivamente, el país de al lado goza justa fama de ser uno de los mayores exportadores de optimismo del mundo, como bien hizo notar hace años el colega y sin embargo amigo Xosé Cermeño en su ensayo: “Ciencia de face-las camas”.
Contra la creencia popular de que Portugal sólo exporta toallas, mantelerías y gallos de Barcelos, Cermeño hacía notar que la principal industria lusitana es en realidad la que factura optimismo o, si se prefiere, exageración. Prueba de ello es que nuestros amigos portugueses despachan ese bien intangible con tanta generosidad que una manifestación ciudadana recibe el calificativo de “grande” a partir de las mil personas y ya resulta definitivamente “monumental” en el caso de que exceda las diez mil.
Felizmente, algo de ese talante eufórico parece habérsele contagiado al actual presidente español José Luis (R.) Zapatero, que hace apenas año y pico se ufanaba de haber situado a este país en la “Champions League” de la economía mundial.
Por desgracia, el único optimista que parece ir quedando ya por aquí es el jefe del Gobierno. Tal vez eso explique la iniciativa de la Fundación Confianza que ahora pretende delegar en la ciudadanía la solución a una crisis creada en buena parte por los constructores, la banca y la inacción de los gobernantes.
Para solucionar ese problema, al parecer más anímico que económico, los confiados promotores de la campaña han encontrado inspiración en cierta famosa frase del presidente John Kennedy. Fue Kennedy, en efecto, quien invitó a sus conciudadanos de Norteamérica a preguntarse qué era lo que ellos podían hacer por su país y no lo que su país podía hacer por ellos.
Traducido al español, eso es más o menos lo que ahora parece desprenderse del lema: “Esto sólo lo arreglamos entre todos” que ilustra la campaña de descarga de responsabilidades del Gobierno en las espaldas de la ciudadanía. En nuestro caso, algo más pedestre, la pregunta consistiría en saber qué es lo que los españoles pueden hacer por su gobierno, en vez de exigir a los gobernantes que hagan algo por ellos.
Siempre habrá quien retruque que el encargo de solucionar los problemas de cualquier país –aunque sea tan raro como éste– corresponde por lo general al gobierno en el que los electores delegan su voto. Infelizmente, la experiencia sugiere lo contrario. Baste recordar que un Ejecutivo de distinto color al de ahora hizo también mutis por el foro con ocasión de la catástrofe del “Prestige”, obligando a los marineros de Galicia a asumir por su cuenta, riesgo y dinero la tarea de evitar que el chapapote entrase en las rías.
Entonces, como ahora, no quedó otro remedio que arreglar el desaguisado “entre todos” mientras el Gobierno miraba –y sigue mirando– para otro lado. Se conoce que en este país, desde 1808 hasta hoy, la labor de solucionar los problemas corresponde siempre a los mismos.
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