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Gobernar con el (dedo) corazón

Carlos Suárez-Mira - Profesor de Derecho Penal

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El conocido y soez gesto con que todo un ex presidente del gobierno de España respondió a las expresiones –sin duda provocadoras– que un grupo de estudiantes le dirigieron con motivo de una conferencia pronunciada en la Universidad de Oviedo, expresa muy gráficamente la idea que algunos líderes políticos con responsabilidades de gobierno (pasadas o ¿futuras?) tienen acerca del modo de resolver los conflictos generados (o no) por ellos. Podríamos convencionalmente denominar "teoría de la mano indiscreta" a aquella que explicase los usos de cada uno de los dedos, trasluciendo sin reserva, prudencia o circunspección las verdaderas intenciones del usuario. Así, frente a la "mano tendida" que otros políticos ofrecen al contrincante para resolver juntos una situación crítica, la mano indiscreta revela a menudo un muy distinto carácter de su propietario. De tal guisa, unas veces alzará amenazante su dedo índice apuntando en línea horizontal directamente a los ojos del contrario y señalándole –con diversas piruetas que llegan a comprometer al antebrazo y, según la ocasión, incluso a la extremidad superior completa–, todas y cada una de las meteduras de pata e incluso deslealtades que éste ha cometido contra los gobernados. También lo usará, ganando ahora en verticalidad, para advertirle de que no consentirá futuras veleidades. Además, en dichos cometidos no reparará en profundizar en la herida abierta hurgando sin compasión y metiendo falange, falangina y falangeta, tal es su incontenible misión salvadora. No es, pese a todo, un mal uso.
Otras veces será el pulgar quien se lleve todo el protagonismo; dedo gordo, bien mantenido, denotativo de la buena crianza de su poseedor. Éste será el empleado principalmente para iniciar la enumeración de las sucesivas tandas de errores del gobierno, pero también, dirigiéndose entonces a los compañeros del propio grupo parlamentario, como signo de éxito en la dialéctica con el oponente. En este caso suele ir acompañado el gesto de una rítmica oscilación que, según el estado de euforia, puede incluso irradiar al coxis, especialmente si se hace en forma bilateral. Y ese mismo dedo es el que, unos y otros, pretenden que nos chupemos los ciudadanos (cada uno el suyo, eso sí) a modo de consuelo que nos haga olvidar algunos asuntillos que cíclicamente nos ponen en guardia frente a verdaderos caraduras cuando no directamente delincuentes, ya sea en el ámbito local, autonómico o estatal. Éste ya es un uso cuestionable.
Ahora le llega el turno al anular, dedo anodino, nacido a la sombra del cordial y cuya única misión parece ser la de tutelar al meñique, tan periférico e indefenso, evitando que se arrostre con el más grandullón que, impaciente y ensoberbecido, espera la oportunidad de ser mostrado –bien enhiesto– al mundo entero. Dicho dedo es poco caro al político profesional, pues en la tarea de coadyuvante del más rollizo en su encomienda enumeradora, su dificultad extensora cercena el discurso apocalíptico que, transitando ya por el cuarto término, se ve obligado a recurrir a la mano vecina (esa que, según las Sagradas Escrituras, no puede saber lo que hace su convecina) para llevar a buen término aquella tarea. Tiene acaso una misión prodrómica, de antesala del propio discurso, pues no en vano el anular es el dedo que acoge el simbólico anillo del compromiso y la fidelidad, objeto (tanto el áureo como el conceptual) con el que suele juguetear el orador antes de preparar su exposición. Podríamos calificarlo como el más discreto e introvertido de los dedos, y su uso simplemente neutral.
Ya en los confines de la mano, derecha o izquierda según el caso, se sitúa el más humilde de los apéndices, el cual, quizás acomplejado por su escasa talla, y pretiriendo los impagables servicios que puede reportar a su dueño en los semáforos remolones, aunque jamás en el hemiciclo, acaso sólo rivalice con el favorito de nuestro ex presidente en su labor menospreciadora, pero siempre coaligado con aquel otro que, además de las misiones relatadas, usan también algunos para colocar a los más allegados en alguna canonjía. La bella composición resultante en U ha sido empleada incluso en la alta política internacional por algún primer ministro europeo –más aficionado a la cirugía estética y a otros terrenales placeres que a la división de poderes– para adornar alguna foto de familia. Decididamente, es un mal uso.
Pero sin duda, el puesto de honor digital de los malos usos está reservado para el dedo corazón o cordial, curioso nombre antónimo del significado con que usualmente viene siendo empleado. Ése es el dedo que nunca debiéramos ver en la escena pública, pues la tiñe de ordinariez y de zafiedad, la empobrece, la vitupera y convierte en indignos a quienes hacen del debate político una ocasión de destruir y humillar al adversario y a los millones de votantes propios y ajenos que en sus sufragios depositan sus esperanzas y las de sus hijos.

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