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A ver si voy a estar bien

Juan José Millás

 06:30  
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El avión alcanzó la altura de crucero a las cinco y media de la tarde: la hora aproximada del gin tonic. La azafata me lo sirvió con unos frutos secos, obsequio de la casa. Tenía por delante un par de horas de ausencia absoluta de tensiones. Ni siquiera sabía muy bien adónde me dirigía, puesto que había aceptado el compromiso para quitarme de en medio durante el tiempo que durara el viaje. Ni teléfono ni ordenador ni proyectos ni decisiones, sólo una novela en edición de bolsillo que, con suerte, ni siquiera abriría. El primer sorbo me trajo la paz y el segundo la afianzó. Cerré los ojos y comencé a buscar entre mi catálogo de ensoñaciones la apropiada para el momento y el lugar.
En esto, mi compañero de asiento comenzó a agitarse. Volví en mí y me pareció que se ahogaba. La azafata, muy profesional, dijo que se trataba de un episodio de hiperventilación, recomendándole que se aplicara a la boca la bolsa de vomitar a fin de introducir en el organismo cantidades mayores de anhídrido carbónico. Yo había visto alguna de estas situaciones en el cine, pero siempre me parecieron un poco teatrales. Sin embargo, sucedían también en la realidad. La azafata, agachada junto al asiento, nos explicaba que la hiperventilación solía acompañar a los ataques de ansiedad. Consistía en aportar al organismo más oxígeno del necesario, generando un desequilibrio entre los niveles de los dos gases que intervenían en la actividad respiratoria (CO2 y O2). El truco de la bolsa funcionó y el pasajero recuperó enseguida el ritmo normal.
Pero ya no pude continuar ensoñando porque la azafata me pidió que le hablara, para contribuir a calmarle. El hombre me dijo que aunque sufría aquellos episodios con relativa frecuencia, no lograba acostumbrarse a ellos. Yo le confesé que si bien padecía ataques de ansiedad un día sí y otro también, no había atravesado nunca por la experiencia de la hiperventilación. Entonces no son verdaderos ataques de angustia, dijo él. Como no era cuestión de competir por ver quién era más neurótico, le pedí a la azafata otro gin tonic, esta vez sin almendras, que no me cobró. Cuando llegamos a destino, escondí en el bolsillo de mi chaqueta la bolsa de vomitar, por si acaso. La llevo desde entonces encima como un talismán, pero no la he necesitado. A ver si voy a estar bien.

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