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Crítica de cine

Retrato del verdugo adolescente

Tino Pertierra

 06:30  
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Si "Avatar" quiere representar el futuro del cine como espectáculo de barraca tecnológica para cautivar taquillas entre cantos de palomitas y gafas tridimensionales, "La cinta blanca" es el ejemplo máximo del cine sin anteojeras que alimenta las neuronas y quita las telarañas a las pantallas acomodadas: una obra que se toma el tiempo justo y necesario para desarrollar su historia (y desarrollar no siempre equivale a narrar: Haneke no es un narrador en desuso), que se ampara en un desafiante blanco y negro para amoldar nuestra percepción a una estética que nuestra memoria visual ya tiene catalogada en el calendario y que esquiva con una apabullante coherencia y coraje cualquier planteamiento confortable y previsible.
"La cinta blanca" es, ante todo, la suma de incertidumbres que un cineasta incuestionable ha ido coleccionando a lo largo de una carrera en la que, salvo la concesión un tanto juguetona de su fotocopiado remake para Hollywood de "Funny games", nunca ha dado un plano en falso. Las propuestas de "La pianista", "Código desconocido", "El tiempo del lobo" o "Caché" (de todas ellas hay ecos aquí, incluso planos siameses) parecen tanteos en arenas movedizas antes de lanzarse sin contemplaciones al cine total que significa "La cinta blanca", una obra que ningún amante del cine que se precie puede dejar pasar de largo o conformarse con ver por vía pirata. ¿Cómo transigir con la raquítica pantalla casera cuando en la grande se despliega un lienzo de sombras y luces que, por primera vez en mucho tiempo, invocan el recuerdo de los mejores Bergman o los mejores Dreyer? Incluso, cuando la cámara se evade de esas paredes en las que incluso las manchas parecen hablar, de Tarkovsky.
"La cinta blanca" no busca la simpatía del espectador, no quiere entretenerlo a toda costa, renuncia de antemano a la complicidad facilona. Ni siquiera le da un final en el que refugiarse. Podría hacerlo: su argumento tiene reflejos de géneros con gancho comercial, desde el policiaco (hay crímenes, sospechosos, culpables, algo parecido a una investigación) hasta el de terror (esos niños inquietantes que parecen poseídos por el mal), pasando por el melodrama rural con terratenientes, amores ocultos, religiosos implacables y lugareños intimidados y a veces humillados. Y miedo, mucho miedo. Lo que no hay es comedia. Como mucho, algún atisbo de escena amable, sin pasarse. Pero a Haneke le importa un rábano pasar hojas para que avance la trama o dar pistas con las que el espectador pueda jugar a detective privado. Sus escenas de "acción" son contemplativas y distantes, y gusta de cerrar puertas donde directores menos arriesgados pondrían primeros planos. Corta los planos con muebles y esquinas para difuminar información y obligar a que la mirada del público se enriquezca con lo que imagina o intuye. Y jamás da respuestas. Ni una sola: no importan. Tampoco juzga, se cuida muy mucho de salvar y condenar. La víctima inicial puede acabar siendo el más repugnante de los verdugos (el personaje del médico es espeluznante en ese sentido) y aunque hay personajes menos nocivos que otros, la sensación general es que nadie es inocente.
Hay momentos en "La cinta blanca" que se pegan como lapas a la memoria, como ese hombre enloquecido que emprende una venganza inútil contra la propia tierra o, sobre todos, ese despavorido paseo de un niño por una casa en sombras en busca de algo o alguien que le ayude a combatir el miedo. El miedo, esa larva que acaba devorando el cuerpo de la sociedad hasta volverla indiferente, sumisa, cruel: fascista.
La infancia como semillero de odios, crianzas envenenadas por una educación que les atornilla en el cerebro valores o principios absolutos, y que conducen a lo inhumano, al fanatismo, de donde surgen los tiranos y sus secuaces. La perversión del ideal (una pureza absoluta inculcada a la fuerza que, cuando se mancilla, convierte el símbolo de la cinta blanca en antesala del horror) se manifiesta en personajes que hacen de su autoridad una vara durísima de medir y someter a los más débiles, haciéndolos sentirse culpables hasta convertirlos en imperturbables aprendices de verdugo.

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