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Áspero y sentimental

Humo, vanidad y perfume

José Luis Alvite

 06:30  
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Ahora sé que en mi relación con todas aquellas mujeres hubo mentiras por ambas partes y que gracias a eso pudimos prolongar historias que con la verdad por delante se habrían ido sin remedio al traste. Al cabo de los años me he dado cuenta de que cuando aquella fulana me dijo que lo que deseaba con toda su alma era que yo le ayudase a cumplir sus sueños, en realidad solo pensaba en que mi bolsillo le sirviese para pagarse sus caprichos. No sé como no me di cuenta a tiempo. A lo mejor es que preferí ignorar la realidad y seguir adelante porque supuse inconscientemente que por averiguar qué hay al otro lado de un sueño podría ocurrirme lo que al detective que al final de sus pesquisas sobre un oscuro asesinato lo único que encuentra disimulado en la penumbra es su propio cadáver. Al cabo de los años le encontré significado a lo que me dijo aquella fulana una madrugada en "La dama del lago": "En esta clase de relaciones hay que dosificar el entusiasmo y sobre todo conviene no entrar en detalles. Puede que averiguar mis sentimientos te tiente a ti tanto como a mí me tienta conocer los tuyos, pero, ¿sabes?, una colega del ambiente me dijo hace muchos años que si los hombres evitan conocer tu alma es porque temen averiguar la suya". Aquella mujer me cobró cinco mil pesetas por acostarme allí mismo con ella, pero resolvió la situación con tanta elegancia que me hizo sentir como si en vez de su cliente fuese su filántropo. En la duda de renunciar a una situación que me resultaba confortable preferí desentenderme de la realidad y suponer que en nuestro caso su piel no era un negocio y mi dinero tenía la misma relativa importancia que el papel en el que se envuelve cualquier regalo. También pensé que en caso de incomodidad moral, podría vencer la mala conciencia con la misma facilidad con la que seguramente se sobreponía ella al asco. Ya no estaba en las mismas circunstancias que cuando era niño y corría a la iglesia a confesar mis faltas o a enmendar mis pecados. Ahora era un tipo adulto y baqueteado, así que no me cabía ninguna duda respecto de que mi relación con aquellas mujeres no me suponía ningún inconveniente moral del que no pudiese librarme escupiendo las gomosas larvas de sus besos en la taza del retrete. Hablando sobre estos asuntos, una noche me dijo Manolo R. en "La dama del Lago": "Si piensas seguir algún tiempo metido hasta el cuello en esto, te recomiendo que prescindas del sentido común. No te atormentes haciéndote a ti mismo preguntas que corras el riesgo de responderte. Este es uno de esos pocos sitios en los que encender la luz sólo sirve para oscurecer las cosas. Más que la sinceridad, aquí lo que cuenta es la higiene. No hay en este ambiente un solo remordimiento que se resista al cepillo de dientes. Amigo mío, métete esto en la cabeza: Si ella miente por necesidad, tú mientes por conveniencia. Que ni ella ni tú os digáis la verdad no excluye en absoluto que a vuestro modo los dos seáis sinceros. Yo me aplico el cuento desde que estoy en este negocio. Muchas de estas mujeres tienen hijos, de modo que cuando la mala conciencia me jode el sueño, me las arreglo pensando que si sus críos tienen algo que llevarse a la boca es porque yo regento un comedor escolar en el que por falta de presupuesto falla a menudo la luz". Mi amigo Manolo R. estaba de vuelta de muchas cosas. Había fracasado en el sector inmobilario y la Administración le había rescindido algunos contratos en un momento en el que arriesgaba una inversión formidable. Aquel club fue para él una solución de emergencia y lo dejó tan pronto le sonrió la lotería. Se retiró del negocio con alivio y con cierta nostalgia. La noche que nos despedimos en "La dama del lago", aquel tipo me confesó algo que me sirvió de aliento para seguir en un ambiente en la que el aire era a partes iguales humo, vanidad y perfume: "La suerte ha cubierto mis espaldas para el resto de mis días. Tendría que sentirme muy feliz por eso. Pues bien, tanta suerte hace que me sienta mal. Anoche no dormí dándole vueltas en la cabeza a mi futuro. Todas esas chicas me hicieron creer que me tienen aprecio y no podré volver por aquí por temor a que ahora simplemente admiren mi dinero. Como no soy quien para darte consejos, me limitaré a desearte que no te ciegues. No prendas la luz, pero abre los ojos. Te has dejado mucho dinero en esto, pero creo que ninguna de esas chicas siente por ti nada de lo que juran sentir. En realidad tampoco tú sientes por ellas nada en lo que tu corazón influya más que la ginebra. No importa. Vive mientras puedas. Tarde o temprano se impondrá la puta realidad. Y entonces, amigo mío, entonces ellas de ti recordarán únicamente tu dinero por la misma razón que tú de ellas sólo recordarás el precio".

Jose.luis.alvite@telefonica.net

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