En Estados Unidos se ha hecho tradicional organizar en el Congreso una jornada de oración para inaugurar el curso político a comienzos del mes de febrero. La invocación a Dios desde el poder, en demanda de ayuda, inspiración o consejo, no es una peculiaridad exclusiva de los regímenes teocráticos más conocidos (Irán, Estados Unidos, el Vaticano etc.). Aquí, en España, tenemos cada año la invocación a Santiago Apóstol, que viene a ser algo parecido, aunque la solemnidad del acto haya decaído mucho desde el final de la dictadura franquista. Antes, solía ser el propio dictador, vestido de almirante, el que se postraba de rodillas ante la imagen del Apóstol para pedirle ayuda en forma de discurso florido, pero después de su muerte el rango del interpelante fue decayendo y ahora es siempre un personaje de segunda o tercera fila el que se encarga de despachar el trámite. De seguir esta línea descendente es fácil suponer que la Administración acabe ordenando que un conserje con galones se encargue de realizar la ofrenda, con el mismo celo rutinario de quien abre o cierra las puertas de un museo. Es una lástima porque la ceremonia en su conjunto es espectacular, con el vuelo del botafumeiro incluido, y representa un aliciente turístico notable. Este año, que es año santo, se supone que acudirá el Rey en persona, antes de tomar un avión rumbo a Palma de Mallorca para subirse al yate, y la ceremonia recuperará algo de su pasado esplendor. Los discursos ante la imagen apostólica son unos textos curiosísimos, de una retórica alambicada, que convendría reeditar para conocer con qué grado de indiferencia acogen los poderes celestiales los ruegos de los humanos. Al Apóstol Santiago se le pidió de todo (hasta ayuda para erradicar a ETA), pero, que se sepa, casi nunca hizo caso y se comportó siempre con esa pétrea altivez que lo caracteriza. Pese a todo, el negocio de las peregrinaciones a la ciudad compostelana no ha decaído, y si conviene rezar por algo es por que se mantenga durante mucho tiempo. Hago esta mínima reflexión sobre el valor político de los rezos después de haber conocido los comentarios que suscitó la presencia del presidente Zapatero en el Congreso norteamericano durante el llamado Desayuno Nacional de Oración. Algunos de sus adversarios se refocilaron con la supuesta humillación que supone que un político tenido por agnóstico tenga que escoger un párrafo de la Biblia para comentarlo en público. Y otros se entretuvieron en analizar el implícito mensaje que representa elegir ese párrafo y no otro, cuando a la mayoría nos consta que ese cometido quedó en manos de un gabinete de expertos, ya que nadie supone que Zapatero sea un lector asiduo de los textos bíblicos. El párrafo en cuestión fue uno del Deuteronomio en el que se recomienda no explotar a los jornaleros pobres y necesitados ni a los extranjeros. A quien esto escribe lo que más le llamó la atención fue la personalidad de los doce invitados por el presidente para viajar con él a Washington. Seis de ellos son conocidos banqueros y hombres de negocios y la otra mitad profesionales o representantes de medios de comunicación, lo que indica que las preocupaciones principales del presidente son la buena salud de la finanzas y su propia imagen pública. Por supuesto que no había ningún jornalero pobre entre los invitados. Nota final. Jesucristo escogió a sus doce apóstoles, entre ellos Santiago, entre gente trabajadora. Claro que, Jesucristo, en su tiempo, fue un político fracasado.