Cuentan las crónicas que la Feira do Cocido de Lalín fue este año algo menos multitudinaria que de costumbre: y es que la crisis no respeta ya ni a las más sagradas tradiciones. Lástima. Después de todo, la bacanal que cada mes de febrero canta las glorias del cerdo y sus andares allá por tierras del Deza es, a no dudarlo, una de las instituciones más representativas de este país de pecadores.
Efectivamente, la fiesta suele –o solía– reunir en grata confusión a conselleiros y garotas, intelectuales, artistas, políticos y literatos que, en conjunto, forman un microcosmos muy característico de este reino tan dado a la mezcla y el barullo.
Si el cocido precisa de al menos diecisiete carnes distintas para alcanzar su debido rango canónico, también el potaje de gentes diversas que forman la argamasa de la Feira podría considerarse una especie de proyección –a escala humana– del que pasa por ser uno de los signos de identidad de Galicia. Nada más natural si se tiene en cuenta que el cocido sintetiza en un solo plato la extrema diversidad de este reino, a la vez que su disposición a la mezcolanza.
Galicia, como Lalín, es hoy un popurrí en el que se cuece la vieja sociedad agraria en vías de extinción junto a las emergentes multinacionales de la pesca, del textil, de la alimentación y tantos otros ramos que poco a poco le han ido cambiando la cara al país. Cierto es que la crisis ha parado casi en seco esos hervores, pero todo invita a pensar que acaso se trate de un fenómeno pasajero. Confrontada con una mezcla de la potencia del cocido –ya sea gastronómico o industrial–, no hay recesión que cien años dure.
De todo se cuece en Lalín, penúltimo reducto de la cocina cristiana de Occidente, cuyos munícipes han tenido el arrojo de erigirle un monumento al cerdo sin temor alguno a los nuevos sarracenos de Bin Laden que acampan a las puertas de Al Andalus con el alfanje presto para degollar puercos, infieles y otros animales impuros.
Ya no estarán entre esos réprobos –ay– las garotas que años atrás animaban el desfile y contribuían a darle un toque de apoteosis carnal a esta fiesta de la carne (en el plato) que es la feria del cocido. La especie demostró ser de difícil aclimatación a los fríos del interior galaico y en particular a los vientos que soplan desde la Serra do Candán, de tal modo que acabó por regresar a sus cálidos nidos carnavalescos de Brasil.
Curiosamente, también ha mermado en los últimos tiempos el ingrediente literario que en los años inaugurales de la fiesta dio un curioso sabor de letras al plato de Lalín. Atrás quedan aquellos años del cocido ilustrado en los que el preludio a los interminables yantares era un pregón de Álvaro Cunqueiro, de Celso Emilio, del patriarca Otero Pedrayo o cualquier otra gloria del poblado Parnaso gallego.
Tal vez para compensar, el gremio de los políticos –otro de los ingredientes fijos de la fiesta– sigue acudiendo en multitud y con clara superioridad del bando de la derecha a la que pasa por ser la madre de todas las paparotas. También en esto se mantiene la tradición. La derecha gasta fama, justa o no, de ser conservadora de cintura para arriba y liberal de medio cuerpo para abajo. Verdad es que a la izquierda suele colgársele igualmente el cartel de libertina, pero por alguna razón no acaba de encajar en este festín que tan sabiamente combina la gula, unas gotas de lujuria, la política y el sosegado placer de las bellas letras.
"Si los amantes del vino y el amor van al infierno, vacío debe estar el Paraíso", decía el astrónomo persa Omar Kayyam allá en fecha tan temprana como el siglo XII. Obviamente, Kayyam no conocía Lalín, tierra de astrónomos, matemáticos, pintores y otras gentes de la nube que eligieron para nacer el kilómetro cero de Galicia, donde según los cálculos geodésicos se encuentra precisamente el Paraíso. Incluso con crisis y sin garotas.
anxel@arrakis.es