A fuerza de soportarla, en los últimos años nos hemos ido acomodando a esa perversión de la política moderna que consiste en decir todo lo contrario de lo que se piensa, de tal manera que, cuando uno ve o lee una entrevista con algún político, más que atender a sus propuestas tiende a recrearse en el espectáculo impagable del escamoteo argumental, de la recurrida perífrasis o de la escandalosa contradicción, cuando no de la pura mentira. Y como el aluvión cotidiano de noticias convierte en inútil cualquier ejercicio de memoria, y la coherencia en un valor en desuso, el político dice hoy una cosa con la tranquilidad de quien puede decir mañana lo contrario, sabiendo que apenas hará mella en la opinión que de él tengan sus acólitos. A veces, este juego de birlibirloque se lleva tan al límite, se carga de tanto pleonasmo y tanta vacuidad, que el contenido se asemeja a cero. Ahora, por ejemplo, al socaire de la crisis, la degradación del discurso político se está llevando a su máxima expresión, haciendo que las propuestas, declaraciones, planteamientos que se observan cada día ya no sean de derechas ni de izquierdas, progresistas o conservadores, programáticos o coyunturales, sino meros movimientos espasmódicos de una clase política capaz de vender a su madre, esto es, a sus principios fundacionales, con tal de arañar un mísero voto. El show de la energía nuclear resulta, en ese sentido, paradigmático, con una derecha que siempre la ha defendido, pero que torpedea el intento del Gobierno de buscar una ubicación para los residuos, y un Gobierno que cierra Garoña con un argumento para justificar el vertedero con su contrario. Ah, la coherencia, esa lengua muerta. Y, si la energía nuclear se antoja paradigmática, el debate en torno a la jubilación deviene en la gran explosión, el gran juego de artificio, la noche de fiesta para esta clase política que hace tiempo que en nada cree, sino en el rédito electoral inmediato. Por un lado, un Gobierno en plena decadencia, incapaz de marcar los tiempos y de manejar con seriedad una reflexión, quizá necesaria, sobre el futuro de las pensiones, sumiendo a la opinión pública en el desconcierto y precisamente sobre uno de los asuntos en los que es más sensible; por otro, una oposición trilera que defiende en privado la ampliación de la edad de la jubilación, pero que, ante la jugosa perspectiva que le dan los sondeos, no sólo se limita a acallar esa convicción en público, sino que se atreve a criticar la perspectiva de una reforma del sistema. En medio de semejante melé, donde nada es no ya blanco o negro, sino siquiera gris, acabaremos añorando a los políticos que crean en algo y lo defiendan a capa y espada, que nos hablen como a seres inteligentes para poder asentir o discrepar, que nos liberen de este marasmo donde nada es lo que parece, y que de seguir así acabará haciéndonos votar, en el improbable caso de que se presente, a la mismísima Providencia.