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SÁLVESE QUIEN PUEDA

Una tortilla fría, pescaditos fritos y un buen vino

Fernando Franco

 01:00  
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Sostenido por Dios Padre, en estado de éxtasis, Baltar es feliz.  // JESÚS REGAL
Sostenido por Dios Padre, en estado de éxtasis, Baltar es feliz. // JESÚS REGAL 

"Al final, tío, la felicidad consiste en dos cosas: conseguir que no te toquen mucho los huevos y que se retrase el tumor". Dijo eso y se quedó feliz mientras se erguía discretamente sobre la barra de aquel bar vigués de madrugada, como queriendo seguir las evoluciones del trasero (estelar, sí) de la camarera. Bebí un trago de gin tonic y pensé que mi pareja de noche tenía una percepción de la realidad vetada a cualquier intelectual de mesa camilla por su sencillez y por ello más cercana al meollo de la cuestión. Lo demostraba ese movimiento de barra suyo tan masculino y airoso que consiste en seguir sin ser visto la trayectoria del culo femenino. No es fácil gozar con eso siendo un ciego de la ONCE (me olvidé de contarlo) pero él argumenta que no hay más ciego que el que no quiere ver y que los ojos son a veces un obstáculo para una buena mirada. "Ya, pero en las 20 escaleras para bajar a la barra de Carlitos quien ha mirado y hecho de lazarillo fui yo", le dije. "Eso son aguas menores", me respondió. Bebí un sorbo de gin tonic y pensé que la felicidad se mueve por microestados, y que yo mismo había sido feliz la noche anterior cenando unos pescaditos fritos con Loló en El Capitán, o con ese vino y unos mejillones que nos tomamos antes en El Mosquito, o con esos bocatas de tortilla fría que, sin atender a salud alguna, me ventilé tras despertarme más allá de las 3 de la madrugada: repujados en pimienta y con un vino de gloria.

"Caminamos hacia la incertidumbre –dijo de repente mi amigo–, el reto es saber gestionarla; poseemos una sola vida de voraz paso que a veces finaliza antes de tiempo y, aún entera, se hace corta. Coño, tío, morir es amargo pero diñarla sin haber vivido es insufrible. Ya que tenemos resuelto lo básico, busquemos la felicidad en pequeñas dosis.
–Por ejemplo, en la visión del trasero de una dama.
Debió sentarme mal el segundo gin tonic porque me pregunté si no era una frivolidad hablar de culos mientras hay gente que pasa hambre, está en paro o la quieren jubilar ya sin dientes, y si no era una simpleza tratar cosas de modo tan primario contando con un arsenal filosófico en torno a la felicidad. ¡Ah, la felicidad! ¿Quién la entiende? Mirad la foto de José Manuel Baltar tras lograr la victoria en el congreso del PP de Ourense. Sostenido por Dios Padre, como inspirado por el Espíritu Santo, levanta sus brazos al modo de un Cristo liberado de la cruz por sus discípulos y mira hacia el cielo como un Mesías Redentor en éxtasis místico ante el arrobo de sus fieles. Nadie negará que aparenta haber llegado al "kundalini", al estado de iluminación previo a la felicidad, justo por esa vía, a veces tan rectal y casi siempre tortuosa, de la política.

A Pepe Cuíña, gerifalte del PP al que se le echa mucho de menos porque nunca estaba de más, le parecía que el cocido gallego era una vía de aproximación hacia Dios y tenía su visión del estado de felicidad: traer a la Escuela de Samba de Bahía el Día del Cocido en Lalín. Hay quienes sostienen que poco faltó, cuando las garotas rodearon con la cadera montada en flan la mesa en la que estaban los boss de Caixa Galicia y Caixanova, Méndez y Gayoso, para que lograran una fusión anticipatoria de ambas cajas. Cuentan que invitados como Alfonso Paz Andrade no salían de su asombro y, dándose golpes de pecho (en su fuero interno, entiéndase), pedían perdón a Dios por el país que tenemos, en realidad complejos de culpa elitistas de los que pudo haber salido la famosa –fallida si se ve a Baltar– conspiración contra los de la boina.

Cada cual tiene su concepto de la felicidad aunque uno mantiene la sospecha de que, más que un estado, es una actitud positiva. Ya no estábamos en la de Carlitos cuando mi amigo de la ONCE y yo hablábamos de esto sino más arriba torciendo a la izquierda, en el de Fran ¿cómo se llama? Sí, el Vauxhall (¿Qué hacía allí Mary de rodillas?). Yo estaba con un subidón tal que sostuve la tesis de que el nivel de felicidad es inversamente proporcional a los ingresos, siempre que cubramos unos mínimos. Le dije: "¿Quién es más feliz, Amancio Ortega que no tiene vida para poder gastar su dinero o yo que degusto cada peseta porque pronto se acaban? Yo, claro. Amancio trabajará menos, que para eso preside varias empresas y tiene miles de empleados, pero no puede tomarse un pinchito con la Lolo. ¡Camarero, otro gin tonic!"

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