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Áspero y sentimental

Látigo Negro

Jose Luis Alvite

 
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Criado en el culto a la Legión, no quiero hurtar la nostalgia que me invadió cuando recientemente retiraron la estatua de Millán Astray. Desde niño, recuerdo a mi padre relatar que de los diez primeros legionarios que cruzaron el Ebro a bayoneta cuatro eran gallegos, él entre ellos, no siendo la gesta insólita pues incluso Castelao, en "Sempre en Galiza", citaba a Lope de Vega para avalar la legendaria reputación militar de los gallegos, y mucho antes de los Tercios. Además, no deja de extrañarme que si Pétain ha merecido, a pesar de los pesares políticos, reconocimiento y honra en su país, aquí tengamos que trastear a uno de nuestros mejores soldados, cuya obra quedó magistralmente ensalzada en la novela de Pierre Mac Orlan "La bandera". Vayan estas líneas, a modo de indirecto desagravio, a un legionario, maestro moral, cuya enseñanza única y decisiva fue: "No te rindas nunca".
Cuando mi abuelo me acompañaba al colegio, veíamos pasar por las calles de Vigo un carro tirado por dos caballos, guiado por un hombre alto y guapo que, erguido y látigo negro en mano, parecía un auriga heleno indiferente al barullo de la modernidad. Vestía siempre de traje raido pero limpio y llevaba camisa y corbata como si trabajase en una oficina. Sin embargo, donde parecía poner toda su dignidad aparente era en unos gemelos de oro que un día pude verle al detener el carro a la altura de la ventanilla de nuestro coche. Aquellos gemelos, dos pequeñas esferas sujetas entre sí por una cadenita, eran iguales que los de mi abuelo.
Del auriga contaban que había sido inmensamente rico pero que un revés de fortuna había arruinado. En realidad, había sido jefe de banda de contrabandistas de cobre y café en la posguerra y, efectivamente, muy rico aunque durante poco tiempo: hasta que, por una delación, lo metieron en la cárcel. Quedaba el mito invulnerable de su antiguo esplendor y poderío, cristalizado en quedo eco que pude escuchar a hurtadillas en no pocas ocasiones, sobre todo a las mujeres. Contaban que al recobrar la libertad había ajustado sigilosamente algunas cuentas por su propia mano sin llegar, no obstante, al crimen. Asimismo, se decía, y esto era lo que producía más admiración, que, tirando de lo que le quedaba escondido, se había encerrado con todas las artistas y camareras del Fontoria durante veinticuatro horas como si fuera su propio harén y las había azotado sin excepción con los tirantes de negro cuero. A partir de ahí, los hombres lo respetaron y las mujeres lo desearon con secretos escalofríos de prohibida lujuria. Con lo que le quedó del bacanal, o lo que fuese, compró el carro, los caballos y una pequeña nave industrial que le servía de casa, establo, almacén y fragua en la que él mismo herraba los caballos y arreglaba el carro. Se dedicaba al transporte de hierros y madera. Los caballos estaban enteros, eran de buena raza de tiro, los alimentaba muy bien y ganaba con ellos un dinerillo extra alquilándolos para cubrir yeguas en las aldeas. En el galpón había habilitado también un cuadrilátero en el que entrenaba a los mozos a boxear. Después de lo del Fontoria, no se le volvió a ver con ninguna mujer ni amigo. A veces bebía en el rincón de alguna taberna pero siempre solo y con dignidad. Jamás saludaba a persona alguna. A ninguna, salvo a mí.
Reconcomido por las ganas de manejar las bridas de aquellos caballos, escapé de casa, fui a la puerta de su galpón/nave mirando como maniobraba el carro y le imploré que me dejase subir con él. Se negó, sabía quien era yo, conocía a mi padre de la Legión, habían estado juntos en la guerra, y aunque muy unidos por entonces ya no se llevaban bien. No me contó más. Pero me dejó ir a visitarlo y darle de comer a los caballos e incluso ayudarle a herrarlos. También me animó a entrenar al boxeo con los mayores, y cada vez que desfallecía me gritaba: "No te rindas nunca". Vistas las cosas desde afuera, el infamante trabajo de carretero -muy inferior socialmente al de tranviario y no digamos al de camionero o taxista- parecía pura penitencia masoquista. Error. Aquel hombre había sido un jefe y aun en la adversidad seguía siéndolo.
Un día, un tranvía lo mató a él y a los caballos. Ese día me murieron tres amigos. Mi padre, con otros camaradas del Tercio ya licenciados, asistió al entierro vestido de legionario. Cuando cantaron el Novio de la Muerte lo coreé y aunque las lágrimas empujaban para salir aguanté recordando la lección: "No te rindas nunca".
Costó trabajo desasir el látigo que apretaba en su mano de hierro. Irónicamente, o quizás no, uno de los caballos se llamaba Látigo y el otro Negro. Y Látigo Negro le llamaban a él las mujeres en su época dorada. Y látigo en mano, sin rubor, Romano, pues ese era su nombre, con traje, corbata y gemelos de oro, ejerció el mando, pobre y erguido como un auténtico señor gallego, como un caballero legionario, hasta el fin de sus días. Romano, este nombre di yo a mi hijo. Y Látigo Negro fue mi nombre de guerra en mi corta trayectoria de boxeador perdedor. Pero sin rendirme nunca.
Como no soy economista, ni asesor político, y porque en realidad carezco de elementos de juicio para hacer un análisis sensato y exhaustivo, sería temerario que me arriesgase a proponer soluciones para la crisis económica que amenaza la integridad del tejido productivo del país y nos pone sobreaviso de que los tiempos malos que corren no son más que las vísperas amargas de los tiempos peores que están por venir. Puedo, sin embargo, comprender que ni los economistas ni los políticos podrán resolver nada sin que cada uno de los ciudadanos arrimen sinceramente el hombro, contando con que al mismo tiempo hayamos sido capaces de reconocer sin ninguna clase de reserva que nuestra manera de vivir no es la mejor si de verdad nos interesa salvar la situación. Tendríamos que empezar por replantearnos el modelo consumista al que con tanta voracidad nos hemos entregado, sin perder un solo segundo de vista la evidencia de que todos estos años hemos convertido la felicidad en algo que supuestamente solo se consigue en el caso de que tomemos decisiones que nos cuesten dinero. Cuesta creer que hayamos caído en la perversidad de pensar que de la valía personal de un hombre la envergadura de sus ideas dicen menos que el monto de sus facturas. Cualquiera que visite un poblado de chavolas podrá advertir que muchas familias carentes de los más elementales medios de subsistencia disponen en cambio de formidables aparatos de televisión y coronan su miserable domicilio con una antena de última generación cuyo peso amenaza con hundir el tejado. Por desgracia para ellos, su fertilidad es la más alta de la escala social, lo que significa que además de contribuir a la perpetuación de la especie, ayudan con trágica eficacia a la proliferación de la miseria. Entre la clase media la estética del fracaso es más discreta, pero también en este sector es obvio que el modelo consumista no es en absoluto el mejor para garantizar el sostenimiento del esquema social. Por alguna extraña razón que tal vez tendrían que estudiar con detenimiento los siquiatras, familias que a duras penas son capaces de saldar las deudas del supermercado recurren sin el menor remordimiento al crédito bancario para sufragar las cenas del fin de semana en el restaurante o para pasar cada año quince días de vacaciones en las Islas Caimán, sin olvidar que hemos creado un modelo de juventud despreocupada y gastadora que no solo ignora la historia que le precede y la geografía en la que vive, sino que los fines de semana se emborracha lo suficiente para tener también problemas a la hora de reconocer con seguridad el portal de casa, si es que no lo tienen también para identificar la ciudad. Aunque cueste creerlo, el preocupante bajo nivel de nuestras universidades permite el acceso a sus aulas de alumnos que han conseguido la surrealista proeza de gastar el dinero sin apenas haber aprendido antes a contarlo. Son capaces de hacer maravillas con un ordenador averiado, pero si se les privase por un momento de los dedos, muchos de ellos tendrían tantas dificultades como sus perros para repasar la el recibo de la luz. ¿Culpa suya? Sin duda, pero con la indiscutible y reprobable complicidad de la generación de sus padres, que les hemos comprado un coche sin habernos asegurado antes de que en medio de la niebla pueden acertar con la acera de enfrente sin necesidad de preguntarle a un guardia. No podemos presumir de haber sido un buen ejemplo para los muchachos, ni librarnos de la responsabilidad de haber contribuido de manera decisiva al afianzamiento de un modelo social en el que ya casi nadie cree que la felicidad pueda producirse al margen del dinero, olvidando que, por mucho que nos joda admitirlo, en su elemental percepción de la serenidad y de la alegría. nuestros putos perros no necesitan tener bolsillos ni tarjeta de crédito para mover sin fingimiento el rabo. No sé si aquella mujer pensaba exactamente en esto, pero me dijo de madrugada una fulana en un garito: "Vivimos en un mundo de locos. Vienen por aquí tipos cuyas manos destruyen el dinero con más facilidad de lo que lo haría el fuego. Se acuesten conmigo porque dicen que tienen problemas con sus mujeres y siguen así sin darse cuenta de que en este caso el remedio es peor que el problema. No sé… No puedo entender que en este puto país haya gente que se gasta en la dentadura más dinero que en la cena. ¿Alguien podrá explicarme como es posible que prospere un país en el que a muchos niños solo les dan las buenas noches sus perros y para millones de personas solo es tarde a primera hora de la mañana?"...
jose.luis.alvite@telefonica.net

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