No creo que hasta aquí haya sido gran cosa mi existencia y sin embargo estoy seguro de que habría sido peor en el caso de que no hubiese hecho las cosas que tanto me ayudaron a malograrla. Que algunas decisiones me hayan puesto en el camino de la derrota no significa en absoluto que me lamente de haberlas tomado, ni que me felicite por aquellas otras que redundaron en mi beneficio, probablemente porque para lo bueno y para lo malo he actuado siempre de una manera impremeditada, por no decir que me he limitado a ser irresponsable. Así como mis errores forman parte inseparable de mi carácter, mis éxitos debo atribuirlos sin duda a mi indiscriminada facilidad para la desidia. Desde luego jamás cometí la torpeza de culpar a otros de mis desgracias y no me importa reconocer que si bien algunos me han puesto piedras en el camino, la verdad es que a veces yo mismo les ayudé a cargar con ellas hasta depositarlas a oscuras delante de mis pies. A menudo pienso que si fuese feliz me angustiaría pensando en la manera de demostrar mi inocencia. Nunca entendí que tuviese que dar explicaciones por las cosas que hacía bien. Muchas veces me cuesta creer que haya sido capaz de destruir una historia solo por intentar el tardío e inefable placer de reconstruirla. La verdad es que cada vez que contemplo una catedral, disfruto pensando en como serían de hermosas sus ruinas, igual que de un velero siempre me interesó imaginar la mierda que arrastra en la quilla. En realidad uno solo piensa en la atmósfera cuando el aire se vuelve irrespirable. Yo mismo me siento a gusto cuando pienso en las muchas cosas que he conseguido como periodista gracias a cuanto hice por destruirme como hombre, hasta que con la depuración del estropicio el espejo me hizo ver que apenas quedaba en la identidad de mi rostro el remoto seudónimo del inocente y optimista muchacho que antes fui. Me he pasado la vida arañando con una mano las uñas de la otra mano. En ese sentido lo tienen difícil mis detractores. Por más que lo intentasen, no podrían poner en el descubrimiento de mis vicios más empeño del que yo he puesto siempre en proclamarlos, ni conseguirían en absoluto tan buenos resultados. Admito haber arrastrado en mi caída a personas que no lo merecían, pero, sinceramente, con el transcurso del tiempo me he ido convenciendo de que no fue culpa mía que con el pánico del naufragio todos esos inocentes se hubiesen aferrado sin sentido al ancla. Tendrían que saber que alguna clase de mierda solo flota cuando con el paso del tiempo se vuelve corcho. Por otra parte, tampoco me preocupa no haber sido yo quien se aferrase interesadamente a lo primero que viese a flote. Ya digo que mi vida ha sido siempre el imprevisible resultado de una simple y tenaz improvisación, algo que me ha ido ocurriendo casi sin que me diese cuenta, mientras mi salud y mi bolsillo se hacían cargo de lo que le era difícil resistir a mi conciencia. Para lo bueno y para lo malo he procurado ser en todo momento un hombre discreto, alguien en cuyo rostro el éxito y el fracaso tuviesen la misma expresión, algo parecido a una mano encerrada en su propio puño. No me importa reconocer que así como soy estoico para los fracasos, también soy impertérrito para los éxitos. Por suerte para mí, no ha habido en mi existencia un solo fracaso del que no pudiese resarcirme a gusto con el recurso de la literatura, a la que, sinceramente, me he dedicado pensando en que era la única manera de cerciorarme de que hay ocasiones en las que los mejores sueños a menudo se tienen cuando uno comparte la cama con alguien que le da mal dormir. He tenido por suerte la desgracia de conocer a mucha gente que daba demasiadas vueltas en cama y sería injusto si no reconociese que les debo a todas ellas el privilegio de haber compartido a destiempo aquellas horas marginales, cobardes y culposas en las que la desidia nos libró del remordimiento y el placer nos sirvió para descubrir que si eres honesto contigo mismo, no hay una sola noche en la que la conciencia interfiera en tu descanso más de lo que lo hace el somier de esos clubes de carretera en los que las almas huelen a caza o en esos hoteles de quince euros en los que, cuando tienes dolor de pies en las manos y estás a punto de caer rendido en la canal de tu cadáver, el amanecer tanto se parece a la resurrección.
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